Alexis de Tocqueville fue un hombre notable, y un gran pensador político en un momento en el que puede decirse que nuestro mundo actual estaba cimentándose. Parte del interés de sus reflexiones viene precisamente de lo que tuvo de precursor y de ideólogo. Sin embargo, lo que me atrae más de él es el análisis de su actualidad de una persona culta y crítica de su momento. La democracia en América era más un tratado de liberalismo sobre la base de las experiencias estadounidenses y El Antiguo Régimen compara a éste con los cambios de la Revolución Francesa desde una óptica muy inmediata. Ambos libros me resultan enormemente atractivos también por la cercanía a los hechos a los que se refiere pero este último en especial porque tiene todos los factores interesantes: un noble que deviene en liberal, una persona culta y viajada y un pensador que compara lo que había antes con lo que ya llegó y se asentó. Recordemos que el libro se escribe no sólo tras la Revolución Francesa, sino tras Napoleón y la restauración de una monarquía, de corte constitucional. Era un magnífico momento para hacer un análisis con perspectiva sin por ello perder la cercanía a los hechos.
Cuenta, efectivamente, cómo la revolución triunfó no tanto por la miseria de muchos como por el despertar de una burguesía que comenzaba a ser consciente de que podía mejorar mucho más. Cuenta también como la Revolución persiguió mucho más a los ennoblecidos que a los verdaderos nobles, dejándose llevar mucho más por la envidia que por lo ideológico. Constata que el Antiguo Régimen, al carecer de estructuras tan perfeccionadas como las que trajo la Revolución, dejaba muchos más ámbitos de libertad de lo que podía parecer. En efecto, la Revolución instituyó la nación y el centralismo con un poder absoluto cuya carga es tolerada no por leve sino por lo que tiene de autoimpuesta. Incluso denuncia que el totalitarismo puede combinarse con formas democráticas. ¿Suena? Desde las repúblicas prosoviéticas que alardeaban de democráticas (incluso en su nombre) hasta hoy podemos ver cómo la democracia no es necesariamente sinónimo de libertad y que, al contrario, a veces es una tapadera para la dictadura. La mayoría de los tiranos organizan plebiscitos para votar, desde las leyes orgánicas del Estado hasta su continuidad cuando son cuestionados por cambiar de residencia. Lo curioso es que ya lo advirtiera Tocqueville en el SXIX.
Por cierto, la editorial, Comares, es una vergüenza. No nombra al traductor, quizá porque dice basarse en una de 1911, pero es que está plagada de erratas y hasta le faltan páginas. Los errores son tantos (prácticamente en cada párrafo) que dificultan la lectura y evidencian que no se ha cuidado lo más mínimo la edición.
Traducción: no consta
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