La recomendación me vino únicamente por sus recursos expresivos, no sabía de qué iba. Y efectivamente se trata de un libro que emplea recursos poco comunes que dan un buen resultado. Básicamente es una tradición oral recogida en comentarios y reflexiones sueltas, como los diarios de Iñaqui Uriarte.
Esa manera de hacer una especie de crónica a saltos resulta interesante como también unos coros que aparecen con frecuencia al modo de los antiguos griegos, recordándonos a dónde vamos con el libro. También me ha gustado el recurso de referirse a películas para expresar algunos comportamientos mezclando los personajes del libro con los de los actores. D. Corleone se pone en contacto con el tío Manuel del libro de manera muy gráfica, la verdad. Otros recursos, en cambio, como lo de no utilizar mayúsculas, no sé qué aportan salvo una cierta confusión.
Sin embargo el libro falla por dos sitios, en mi opinión: apenas hay qué contar. La historia es tan difusa que se pierde, que no se concreta apenas y se queda en nada. Es la tradición oral de la familia de Susana Sánchez Arins y poco más. Incluso la investigación que ha llevado a cabo la autora ha sido tan infructuosa que difícilmente puede sacar un libro de ella. Sólo así, a grandes rasgos y muy generales, pretende salvar la cuestión sin éxito. Habría esperado una estructura más consistente y un remate a tanta suposición indefinida. Sí, el libro se titula Dicen como podría titularse Se rumorea porque no pasa de ahí. Si es novela, se queda muy, muy corta. Si crónica, más aún. Me recuerda a la del General Aranguren, también vacía. Yo creo que pecan de pretenciosos muchos escritores que, no teniendo nada que contar, creen que pueden sacar un buen libro sólo de su capacidad literaria. Al menos Dicen ésta es cortita…
Pero tal vez no sea ni novela ni crónica sino poesía sentida que se expresa a través de una prosa curiosa. La autora, pobre, dice venir de una familia edificada en la rabia y quizá sea esa rabia la que intenta transmitirnos. El problema es que para que nos hagamos partícipes de su rabia, para que sintamos el contenido de esos recursos expresivos que emplea, necesita teñir de política lo que no son sino malquerencias familiares. A quienes se empeñan en revivir la rabia de sus abuelos, pobres, tal vez les encuentren aquí más madera pero para la mayoría, hay poco.
Y, claro, sin historia que contar y sin emociones que transmitir, el libro se queda en un ejercicio de redacción curioso pero nada más.
Por cierto, pocas veces la palabra “solo” necesitó más de la tilde que distinga si es un adjetivo o un adverbio.
