Recuerda a Soldados de Salamina en cuanto a que cuenta un poco cómo se escribe el libro además de, evidentemente, por la temática. Sin embargo, Cercas mantenía la ambigüedad en cuanto al género del libro, cosa que aquí no sucede: se encuadra abiertamente como novela cuando en realidad es una biografía en la que Lorenzo Silva advierte de que hay información con escaso respaldo documental. Este planteamiento, sincero en cuando a los contenidos, no lo es en absoluto en cuanto al género de libro. Supongo que así conseguirá más ventas pero me parece un engaño.
El segundo problema deviene del género real del libro: es una biografía pero de alguien tan gris y del que tiene tan poca información que resulta poco menos que imposible. No dudo de la bondad humana del personaje, machaconamente señalada por el autor, pero sólo eso no da para una biografía. Ni siquiera hay apenas datos acerca del hecho crucial en el que tuvo un papel relevante el general Aranguren, el apoyo de la Guardia Civil a la República del 36. Incluso los hechos “novelados” alcanzan sólo a una brevísima conversación telefónica que no llena una página en su conjunto. Ni la conversación del hijo de Moscardó con su padre, por sí misma, daría para tanto. No digamos ésta de Aranguren con Goded en la que el personaje simplemente mantiene, rodeado de presiones que no le dejaban otra alternativa, su pasividad. Como bien dice Azaña de él, el general fue un jefe sonámbulo, no sé si por carácter, por fuerza de los acontecimientos o por desacuerdo con los mismos. Y ello, que no merma un ápice su valía personal, tampoco la agranda con lo que complica mucho la tarea de escribir su historia.
Sin embargo, Lorenzo Silva demuestra ahí su talento pues de la nada saca un texto bien armado y razonablemente interesante, escrito además casi siempre en español, cosa que es muy de agradecer en los tiempos que corren. A pesar de ello creo que habría sido mejor despojarlo abiertamente del pretendido carácter histórico y abordarlo con más libertad. Y, de paso, de ese complejo político del autor que se ve continuamente obligado a disculparse por enjuiciar con cierta objetividad a ambos bandos de la guerra civil. Su constante reiteración en la exoneración de la República y de muchos de sus personajes a pesar de sus errores, del carácter golpista de unos sublevados que no carecían de motivos o de la heroicidad del pueblo llano representado en los abuelos del autor llevan al lector casi hasta la náusea, no tanto por falta de acierto como por simple empalago.
Y es que quizá tampoco la vida de esos abuelos, o más bien sus nombres así recordados, colman el libro. Como tampoco pueden hacerlo las afirmaciones grandilocuentes sobre casualidades de la Historia que no pasan de meras anécdotas: pretender el autor que deba su propia existencia al general Goded porque convenció a su abuelo de permanecer en el ejército y así llegara a conocer a la que acabaría siendo su abuela resulta ridículo tanto leído en el libro como escuchado en las entrevistas radiofónicas de la promoción editorial. Podrían haber mejorado un poco el papel de impresión a cambio de alguna de ellas y habrían evitado equívocos.
En definitiva, el libro me parecería infumable salvo porque demuestra lo que es capaz de sacar adelante un buen escritor. Como en el caso de mi admirada Almudena Grandes, si dedicara su talento a la literatura en vez de a pagar deudas y a acallar complejos nos iría mucho mejor a los lectores. Pero, claro, cada uno es dueño de escribir lo que quiera. Y los lectores, de leerlo.
*Sucedido
