Orwell publicó 1984 para advertir contra los totalitarismos. Su distopía destacaba la tergiversación de la Historia y la alteración del lenguaje que observaba al otro lado del telón de acero. Casi cuarenta años después, el fracaso del comunismo era evidente y lo que preocupaba a Atwood entonces era la utilización de las mujeres. Eso fue lo que reflejó en El cuento de la criada, también una distopía totalitaria. Aunque el muro de Berlín cayó, los peligros del totalitarismo siguen al acecho y tras casi otros cuarenta años más, Atwood consideró necesario actualizar su preocupación con una introducción a la edición de novela de 2017, recientes las elecciones estadounidenses y sintiendo amenazados “los derechos conquistados por las mujeres a lo largo de las últimas décadas”.
Si comparo ambas novelas es por el paralelismo que las pudo originar pues literariamente hablando, 1984 es entretenida e imaginativa, con los Ministerios de la Verdad, de la Paz, de la Abundancia y del Amor, algo que no puedo decir de El cuento de la criada, al contrario: es lenta, monotemática con las criadas destinadas a la procreación, opresiva… Contada a modo de reflexión continuada de la protagonista, que va hacia delante y hacia atrás constantemente, que no pone fácil comprender la situación existente en general, nostálgica sin que su pasado resulte interesante salvo por comparación con la monotonía distópica, hace falta leer más de trescientas páginas para que parezca que va a pasar algo. Lo más interesante, sin duda, esa introducción de la autora que comentaba y el epílogo de las notas históricas (noveladas también). La primera, de nueve páginas y el segundo de dieciocho; muy poco en más de cuatrocientas.
Sin embargo, la novela da para pensar muchas otras cosas. Una muy sencilla: la autora comenta en la introducción cómo los lectores asumieron que la protagonista se llama June (no se nombra en la novela) por una deducción que ella misma considera muy ingeniosa… y falsa. Siempre he pensado lo mucho que deben sorprenderse los escritores con las elucubraciones de los lectores, que creo que suelen ir muchísimo más allá de lo que ellos hayan podido soñar, ufanándose así de una especie de camaradería imaginada con los autores.
Una segunda reflexión de más enjundia es la relativa al derecho aborto, el principal derecho femenino que imagino yo que ve amenazado y del que Atwood se ha mostrado defensora en muchas ocasiones. Ciertamente sobrevuela inteligentemente la novela pues aunque no se habla del aborto, procrear es una obligación. En mi caso fue el feminismo agradable de Penélope y las doce criadas el que me hizo leer El cuento de la criada y no me equivoqué. Por las fechas de la reedición de la novela que motivó su introducción, Atwood explicó muy bien en carta abierta que un estado que obliga a tener hijos esclaviza a la mitad de la población. Olvida, como todos los defensores del aborto que conozco, que el estado ha de defender a las personas y que en muchos de estos casos hay una mujer y un niño. Deja de lado, como todos los defensores del aborto que conozco, el que en nuestros estados democráticos la defensa de la vida va muy por delante de otros muchos derechos. Me encantaría tratar de esta contradicción con Margaret Atwood, que es otra escritora de la que me gustaría ser amigo.
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Traducción: Elsa María Blanco
La traducción me ha parecido buena pero un error craso que tiene me sirve para ilustrar una tercera reflexión. Muchos de mis contertulios de lecturas me miran sorprendidos cuando les destaco cosas como aquellas de Noche. Sueño. Muerte. Las estrellas. y tantísimas más que comento en estas páginas cibernéticas. Se asombran porque, aunque reconocen que lo que denuncio está mal escrito, a ellos no les ha dificultado la lectura ni un instante así que voy a ver si me explico mejor:
En la página 236 (edición de Salamandra de 2017), cuando la protagonista está llegando a una cierta complicidad con una compañera de desgracias, figura el siguiente texto:
—Podemos unirnos— propone.
—¿Unirnos?— pregunto. Eso significa que existe un «nosotros». Lo sabía.
—No creerás que soy la única, ¿verdad?
Según leo eso he de detenerme porque no lo entiendo. ¿Por qué el unirnos hace que exista un “nosotros”? Si acaso habría un “nosotras” y además en futuro: podrá existir un “nosotras”. Además, ¿por qué de “unirnos” hay que deducir que no se es la única?
Como en otras ocasiones, acudo al original en inglés:
—You can join us— she says.
—¿Us?— I say. There is an «us» then, there´s a «we». I knew it.
—You didn´t think I was the only one— she says.
Esto sí tiene sentido y observo que la traducción debiera haber sido:
—Puedes unirte a nosotros— dice.
—¿Nosotros — pregunto. Entonces significa que existe un «nosotros». Lo sabía.
—No creerás que soy la única, ¿verdad?
¿En qué pensaba la traductora al escribir aquel absurdo? Y aún más fácil: ¿es que no hay correctores? Porque para detectar el error no hace falta saber inglés, basta con saber leer en español. ¿Y en qué piensan tantísimos lectores que pasan constantemente por encima de estas cosas? Asumo que es una especie de dislexia mía que me dificulta sobrentender los errores que otros superan sin dificultad. Sólo puedo decir que no los busco, simplemente me tropiezo con ellos.
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*Novela
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