Qué gusto da cogerse a un autor de garantía en vez de arriesgarse con uno nuevo. Y más aún con ese comienzo tan de Agatha Christie en el que se enumeran los personajes antes de empezar. Luego, el autor no defrauda aunque lo policiaco sí, porque el Coloquio e invierno nada tiene que ver con Poirot ni con Mrs. Marple. Se queda en una charla entre los huéspedes de un hotel bloqueados por la nieve, sin más misterio que la curiosidad por conocer el final de algunas de las historias. Uno las imagina contadas al amor de la lumbre pero en realidad son de sobremesa tardía, casi sin encuadrar salvo por la nieve, y sin consecuencia alguna: una charla intrascendente.
Se trata de evocar el poder de las palabras, como ya hacía magistralmente en El balcón en invierno, y evoca una de las contertulias al sorprenderse de la fuerza de una historia en la que “apenas pasa nada, y lo que pasa no se conoce bien.” Ahí está la virtud de Landero. No hay trama, sólo ganas de ponerse a referir ayudadas por las circunstancias. Una novela que cuenta cómo la gente cuenta,de confesiones y diálogos con sucedidos que recuerdan a los de Hugo, o a los de Dámaso y Tomás y a tantos de otros relatos del autor. Vivir es contar lo vivido con su pequeño añadido imaginario. Ya lo decía su abuela cuando decía de Landero que era muy mentiroso… Historias sencillas, vívidas, como la de ese matrimonio de ancianos que salen y vuelven juntos de sus paseos pero que en medio los recorren por separado.
Sin embargo, lo bueno no lo es todo: aparte de la falta casi absoluta de una trama, de un entorno, de unos sucesos, se complican las comillas y signos con ese contar de contar y el libro tiene una estructura feísima de capítulos: nombres, numeración… su mera existencia me sobra y más habría preferido una sobremesa única que ese despiece que se me antoja forzado.
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*Novela
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