De los libros que he leído de Fernando Aramburu me queda que es un buen escritor y que no acaba de encontrar su estilo. Cierto que sólo he leído alguno: Patria, Los peces de la amargura y Autorretrato sin mí. Con Patria triunfó (y aquí remeda la portada probablemente por eso) porque era de lectura fácil de prosa potente y trataba el terrorismo vasco con una sinceridad que se echaba, se echa, de menos. Ya había hecho otro intento con Los peces de la amargura pero con mucha menor fuerza. El Autorretrato sin mí reflejaba su capacidad para narrar sentimientos más que ninguna otra cosa. Maite es un poco de cada cosa y, en mi opinión, se queda en nada. Tres historias que por sí mismas darían cada una para un libro y que, sin embargo, se diluyen entre ellas con escasa convicción. Las tres prometían mucho y quedan en nada, apenas esbozadas en una narración que se estanca a pesar de ser de sólo tres días y resueltas por un detalle mínimo que lo mismo se podían haber quedado sin acabar. Esos tres días que para tantísimo dan en La colmena o La Regenta se quedan aquí en mera anécdota y hasta sobra uno y medio.
En la parte buena, la habilidad del autor para engolfarse con expresiones conocidas pero en cierto desuso, prosa agradable, tranquila, sencilla. Me ha llamado la atención que “mire en rededor” y también “mire en derredor”. Me resulta raro que el autor emplee indistintamente ambas con lo extraña que es la primera. Por otro lado, se le nota oficio al emplear recursos narrativos tan útiles como dejar volar la imaginación de la protagonista en autoentrevistas o en lo que llama “castillos” en los que fabula cualquier situación. Eso le da mucho margen para expresar lo que siente por dentro sin necesidad de complicar la trama.
También hay que elogiar su condena clara, sin tapujos y sin estridencias, del terrorismo vasco y de la Iglesia Católica, como cómplice moral culpable. La página en la que retrata a Setién (296) es magnífica y de otras manera, la hermana que vende la paella como plato vasco a la vez que corrige la «ch» del apellido del buzón de su padre, patética. La novela está bien ambientada en 1997, las llamadas telefónicas aún cuestan dinero por minutos, menciona canciones ya por entonces olvidadas, maridos que aún mandaban demasiado, la mayoría no sabía vascuence más allá de los números (aunque también aparecen cruasanes convertidos en tostadas que se untan con guacamole, muy raro por entonces)… Cómo los personajes prefieren callar e inhibirse por miedo y apenas se atreven a llevar un lacito por toda protesta… quienes se atreven, que ni siquiera son todos. No hace mucho escuché a una chica joven, a cuento de que ahora hay fraudes escandalosos empleando la IA, decir que ella sólo debía preocuparse de su propio trabajo sin tener en cuenta lo que hagan los demás. Aparte de que con ese criterio de mirarse el ombligo muchas mujeres seguirían cobrando menos que los hombres por el mismo trabajo, puesto que es de la comparación de la que nace la protesta, olvidaba ella que la libertad hay que defenderla a cada momento. El silencio de 1997 se puede excusar (disculpar una omisión indebida) por el miedo pero no justificar (argumentar en favor de una actitud) como se hacía y también refleja Maite.
*Novela
