Fernando de Rey se ha especializado en lo que Mercedes Cabrera, ministra de Zapatero, calificaba de microhistoria: acota extraordinariamente sus investigaciones para que puedan ser absolutamente minuciosas y exhaustivas. Lo hizo geográficamente en Paisanos en lucha, donde trató los cinco años de la segunda república circunscritos a la provincia de Ciudad Real y más concretamente al pueblo de La Solana. Lo vuelve a hacer ahora temporalmente concentrándose en los cinco meses de la primavera de 1936 aunque en todo el ámbito nacional. Y dentro de esos límites, aún se fija en algunos temas concretos, en este caso los muertos y heridos de carácter político. No se trata, pues, de un retrato completo pues asuntos tan importantes como el cambio en la presidencia de la república o la actuación independentista se mencionan sólo tangencialmente.
Pero pese a tener un objetivo tan reducido, Fuego cruzado da un retrato fiel de aquellos meses por dos razones: la primera, porque en esos cinco meses del 36 apenas hubo otras cuestiones que las derivadas de la violencia brutal que se producía en las calles. La destitución de Alcalá Zamora o el comportamiento permanentemente desleal a la república de ERC y Companys sólo acompañaban, en la misma dirección, a los efectos de los más de tres muertos diarios que se produjeron en aquellos días, más de 100 iglesias quemadas en cinco meses y una sensación generalizada de anarquía. La segunda razón, porque eso tan concreto como qué nivel de violencia política se dio en aquellos meses y quiénes fueron los responsables es algo que se sigue cuestionando hoy.
Lo cierto es que, Preston, Payne, Thomas, Jackson, Gibson entre los historiadores extranjeros, Alia Miranda, Vila García o Moradiellos entre los españoles, Chaves Nogales, Gaciel, Camba entre los periodistas y tantos otros, ya aportaron mucha información acerca de la violencia salvaje de la época. Y también acerca de que buena parte de esa violencia la desencadenó la extrema izquierda (incluyendo ahí al PSOE de entonces) como mínimo en similar medida a la que desarrolló la extrema derecha. Incluso Viñas, como aficionado al tema, deja traslucir exactamente lo mismo (a su pesar). De las crónicas de los protagonistas contemporáneos como Campoamor, Martínez Barrio o Azaña se podía obtener una información similar pero toda esa información adolecía de un cierto carácter anecdótico que permitía, tanto al autor como al lector, forzar y adaptar las conclusiones a sus preferencias. Por supuesto que el lector no militante percibía la realidad, coincidente en su mayor parte con las conclusiones de Álvarez Tardío y del Rey pero no dejaba de tener un cierto carácter genérico, abierto a enfocarlo a conveniencia. Este libro zanja esa ambigüedad con datos concretos y citas constantes que dejan claro sobre quiénes se producía el Fuego cruzado en la primavera del 36: sobre los demócratas.
Hay que decir que, precisamente por el carácter exhaustivo y lo concreto del tema, el libro puede resultar reiterativo. No en vano es una investigación científica de las que se echan de menos en el ámbito de las letras. Aunque yo he preferido leerlo entero, quizá bastara con la lectura del primer y último capítulo, espigando algún epígrafe de los restantes para hacerse una idea de lo que sustenta el apéndice y las conclusiones, que es lo principal.
Como explica con detalle el libro, Azaña y Casares nunca se atrevieron a atajar la violencia de la extrema izquierda a pesar de que era ella, con el PSOE a la cabeza, quien tomó la iniciativa en casi el 80% de los actos violentos de aquellas fechas. Una violencia nunca vista anteriormente en la segunda república y que llegó a superar los tres asesinatos diarios y el centenar de templos incendiados durante esos cinco meses del Frente Popular. Contradicen así esa impresión tan extendida del equilibrio entre los extremistas y de que «no era para tanto».
Otro problema muy grave de aquel momento fue la mixtificación que se hizo ya entonces de la revolución de octubre del 34, que no sólo llevó a amnistiar a quienes se habían levantado contra la república sino a restituirlos, elevarlos a la categoría de héroes y pasar a perseguir a quienes habían defendido el buen orden republicano. Fermín y Galán podían, efectivamente, ser los precursores de una república pero Largo Caballero y Companys simplemente trataron de derribarla para llevar a cabo sus deseos que nada tenían que ver con la democracia: la dictadura del proletariado y la independencia de Cataluña. Hay quien dice que octubre del 34 supuso el punto de no retorno para la república. Más bien fue la justificación que hizo de ella la izquierda moderada lo que hizo perder la esperanza de que la segunda república pudiera ser un régimen democrático con cabida para todos.
Porque, como se dice en el libro, la segunda república sólo fue una democracia en lo formal pero no tenía nada de democrática. Y es que, explican los autores en las conclusiones, la democracia es más que el sufragio universal. La democracia es una práctica que tiene más que ver con lo que pueden hacer los gobernantes que con cómo se eligen. Y en aquella época, hasta a los moderados les costaba aceptar la alternancia en el poder y el pluralismo. El sectarismo de los moderados se convertía en violencia de los extremistas de ambos bandos y así se criminalizaba al contrario: se tachaba de fascista hasta a Besteiro. Y se los acosaba y asesinaba para sembrar el desánimo entre sus filas y excluirlos por completo. “Barrerlos” era el término más empleado. No sólo valía todo para evitar el triunfo del contrario, es que no se le reconocía ni el derecho a participar. Se critica con frecuencia la democracia de la Restauración pero en ella se daba la aceptación del contrario. Y eso es mucho dado que las elecciones se amañaban en ambos casos.
Una consecuencia que me parece muy útil extraer del libro es el efecto que tuvo la censura. El Frente Popular gobernó los cinco meses con estado de alarma declarado, y con ella una censura de periódicos que impedía conocer con inmediatez cómo se tiroteaban los entierros, cómo se linchaba a los del sindicato contrario, cómo grupos anónimos cacheaban, detenían y asesinaban a ciudadanos por su mera apariencia, cómo circulaban por Madrid coches que ametrallaban las terrazas de los bares de unos u otros… De todo eso se acababa sabiendo por el boca a boca y porque saltaba de unas provincias a otras pero alimentaba bulos y, sobre todo, generaba una sensación de inseguridad tremenda, contraria a lo que la censura precisamente pretendía. Hay que tener en cuenta que muchas veces la realidad es tan importante como su apariencia y en aquellos meses la apariencia era terrible para los dos extremos. Sin ser cierto, los dos creían que la sublevación del otro era inminente y actuaban en consecuencia. Al final resultó serlo el 18 de julio en una intentona que seguía a la del 34 y a la del 32. Pero que no habría tenido el apoyo necesario de no haberse producido el asesinato de Calvo Sotelo días antes. Este hecho, como explica Fuego cruzado (y antes otros muchos) no fue el detonante pero sí llevó a la acción a demasiados (entre ellos, a Franco).
En la segunda república se dio una escalada que no se supo atajar y que se desbordó por completo en 1936. Una escalada en términos de muertos por la violencia callejera, por el uso de las masas para alterar los resultados electorales y para la toma del poder en el gobierno o en los ayuntamientos, por el desprecio a las instituciones pretendiendo su patrimonialización al servicio de las ideas de cada uno, por las amnistías, cada vez más ambiciosas y contrarias a todo derecho, por los sucesivos golpes de estado de ambos bandos en los que el número de víctimas se incrementó dramáticamente en cada ocasión… A una barbaridad sucedía otra mayor una y otra vez. La solución, como era lógico, no era continuar en esa línea hasta llegar a la guerra civil. Se habría podido y debido parar mucho antes. Pero quienes a las alturas de julio del 36 aún crían en la democracia habían quedado totalmente arrinconados.
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PD. El libro comienza mencionando un diario del periodista Muñiz, precisamente de la primavera del 36. Eso me llevó a cotejarlo cuando se relataban los sucesos de cada fecha: no vale nada. Contra lo que anuncia la portada y dice el prólogo, pocas son las veces que da detalles concretos de algo y casi todo son reflexiones grandilocuentes poco precisas que se repiten bastante.
Naranja/*Historia
