Empecé mal con el libro porque me dolía la tilde que le falta al título del original, por muy académica que sea su ausencia. Luego me sorprendió que la declaración de la república de Irlanda de 1916 se dirigiera a todos los Irishmen and Irishwomen, con un énfasis que encandilaría a algunos de nuestros políticos actuales… si no fuera porque poco después se dirige a los niños, así, a secas, lo bruto, sin matizar. Pero una vez me sobrepuse a todos esos prolegómenos me encontré con una historia que va ganando en intensidad, sin dramatismos pero muy expresiva y que se acaba haciendo corta. El trayecto final cruzando el pueblo es magnífico. Una caminata esperanzadora con la que volver a empezar y cambiar las cosas, como la de Lucas en un solitario Buenos Aires con la que también acaba la historia.
Leyendo No digas nada ya pensé que si España se había integrado en Europa a partir de 1975, a Irlanda parecía haberle costado un par de décadas más. Aquello no eran precisamente cosas pequeñas, y en realidad las que cuenta Claire Keegan tampoco deberían serlo aunque lo parecieran entonces. Cosas pequeñas como ésas de los abusos (no sólo sexuales) de la iglesia católica, en la línea de Boyne pero de una manera mucho más sosegada y menos comercial.
El libro me parecería realmente estupendo de no haber sido yo español. Aunque me encanta leer a escritores hispanoamericanos, y particularmente a argentinos o chilenos, leer la traducción de Jorge Fondebrider, argentino, de un ambiente irlandés hace que se pierda todo el encanto. La forma de escribir de Mairal, Sacheri, Zambra, además de hacerme reflexionar sobre cómo decimos las cosas, me añade sabor a sus relatos. Algo como lo que hacían aquellos cines en los que, además de la proyección, las butacas se movían e incluso expelían olores de acuerdo con lo que uno estuviera viendo. ¿Pero quién puede imaginar a un estibador irlandés en la bruma neblinosa del Barrow si su esposa pregunta ¿Tienen monedas para dar, o su papá ya las regaló todas?
No es sólo aparezcan altoparlantes o pinchaduras, que estará bien traducido pero que a un español tampoco van a evocar la turba del Glendalough, precisamente. Se trata de traducciones muy directas del inglés, exceso de pasivas y diálogos extraños (no llegan a qué bueno que viniste, pero casi), que no sé si a los argentinos les molestarán pero a mí me destrozan la magia de un relato sentido. Sin llegar a tener que traducir los libros hispanoamericanos, como se discutía hace un par de años, sí veo que hay que hacer traducciones específicas para cada país como, por otra parte, se viene haciendo con los doblajes de películas. Y teniendo en cuenta lo que creo que cobra un traductor, la editorial bien habría podido estirarse. El libro lo merecía.
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Traduccción: Jorge Fondebrider
Sospecho que es una mala traducción pues cuesta creer que no choque a un argentino leer, como excusa por no haber ido a misa, algo como ¿No estaba yo en el convento? ¿No era acaso lo que correspondía hacer? cuando lo que quiere expresar el protagonista es ¿Qué querías que hiciese si me entretuvieron en el convento?
Lo de «Irishmen e Iriswomen» estaba bien traducido pues aunque me chocara por las fechas, realmente ya aparece en el Mío Cid «burgueses y burguesas». Cuando se quiere enfatizar que el abarcar a absolutamente todos, es un buen recurso, hoy contaminado por la política.
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*Novela
