Tierra

Eloy Moreno

Guillermo del Campo
Fecha: 1 de abril de 2023
Categoría: Sin categoría

Había leído ya dos libros de Eloy Moreno de cuando debía recomendar lecturas a mis hijos (qué tiempos, en los que leían y se dejaban recomendar). Invisible y Cuentos para entender el mundo. Ninguno me entusiasmó y siendo un autor juvenil, ver el tocho de Tierra ya me hizo temer lo peor. Pero la ilusión de una quinceañera por transmitirme su pasión me cautivó. Así, pues, lo cogí con ganas… que perdí pronto y de no haber mediado una promesa, nunca lo habría acabado.

Las historias (son dos en paralelo) tienen un interés muy dispar. Una cuenta un programa tipo Gran Hermano pero en Marte, que tiene el interés de lo que suponen los medios de comunicación hoy en día, en la línea de Los reyes de la casa, llena de reflexiones sobre nuestro mundo de mentiras políticamente correctas. Me ha gustado eso del comunismo educativo en el que el objetivo es igualar por abajo a toda costa, con la excusa de no crear diferencias. Naturalmente, quienes más abogan por esa educación son los primeros en evitar el colegio público para sus hijos.

La otra historia es una pareja de hermanos haciendo un juego de llaves por el mundo que no me interesa en lo más mínimo. Comprendo, sí, que a los quince años eso atrapa y está bien. Los Cinco, Harry Potter, Los juegos del hambre y tantos otros iconos de la literatura juvenil tienen sus temáticas particulares entre aventura y utopía. Los confines de la isla de Kirrin se quedaron ya cortos y han necesitado universos a medida para desarrollarse. Hasta ahí, vale. Lo que me parece terrible es la forma de contarlo.

Creo que de Tove Jansson, Enid Blyton o Ágatha Christie hasta a los J.K. Rowilings, Suzanne Collins y ahora Eloy Moreno hay una deriva brutal hacia el dramatismo que anula a la literatura. Y no me refiero cosas como a que algo que sale mal no “hace aguas”, que en español la gente se cambia en los vestuarios… cosas que ya tienen su delito. Me refiero a la totalidad del libro y su estructura, orientada a empobrecer  lo que se cuenta hasta extremos insospechados. Los capítulos han desaparecido, apenas tienen media página o menos (que es una manera de alcanzar quinientas páginas con unas doscientas de texto). Eso hace que apenas dé para reflexionar, para contar, sólo da para titulares y epílogos. Si hubieras de presentar a los ocho personajes del Gran Hermano en un capítulo, habrías de relacionarlos entre sí y tejer una descripción compleja. Enumerados en un microcapítulo cada uno bastan ocho páginas aisladas repetidas cambiando los nombres: unos pocos datos del personaje y un par de alusiones veladas a que nada va a ser lo que parece. Luego todos los mini capítulos, de cualquiera de las dos historias, se rematan con un final tremebundo. Capítulo tras capítulo (o página tras página) acaban con una frase que no dice nada, que lo promete todo y que te machaca de forma inmisericorde:

“Lo que jamás imaginé es que allí dentro iba a estar él.”

“Y lo que encuentra allí dentro le hace más daño que una bomba”.

“Al ver el tercer objeto supe que mi padre había ganado”

“Pero, claro, eso nadie lo sabía, ni debía saberlo.”

“… iba a ser la persona que cambiaría la historia de la humanidad. Pero eso vendría más adelante.”

He puesto sólo cinco finales de capítulos. Si añadimos que estas sentencias se intercalan también entre muchos de los párrafos intermedios, el libro debe contener varios cientos de sentencias. Hitchcock decía que creaba la tensión dando información al espectador. Aquí se crea sólo con promesas, amenazando con “ya verás…” a cada instante. Y, parodiando un poco otra cita del libro, son tantas las veces en las que se invoca al lobo que uno acaba agotado a las cincuenta páginas.

Y si sólo fueran los epílogos… Es que, entre medias, el texto está trufado de ”me refugio en los recuerdos que no tuve”, “sus huesos iban a estar más cerca de lo que nunca estuvieron sus corazones”, “le duele hasta el miedo”… ¡no da tregua! Hasta el desenlace hace agua, porque cuando se desvela el deseo infantil de la protagonista, se matiza que no lo ha expresado exactamente como lo dijo de niña, creando un nuevo misterio para las quince últimas páginas. Es como si el autor creyera que los lectores no seremos capaces de leer esas quince páginas sin que nos pongan algo de carnaza a la vista. Que el placer de leer algo bonito de por sí no existe y necesita incentivos en cada párrafo. ¿Será otra consecuencia del comunismo educativo que denuncia? Pues bien, cuando finalmente la protagonista dice literalmente su deseo, resulta que el autor tiene que hacer trampa pues pasa de “al mundo” a “la Tierra” que no es lo mismo que “Tierra”. Se trata, uno más y debe haber varios cientos en el libro, de otro misterio falso, de más dramatismo impostado, de otra mentira como las que pretende denunciar.

Sé que los quince años son trepidantes, que no dan tregua, que se vive con el corazón en la mano y las emociones a flor de piel. Que estos libros entusiasman y llevan a otros, de modo que bienvenidos sean. Sí, hay que pasar por tener granos para que, pasados unos años, se siga disfrutando de la lectura que es lo que vale. Pero prefiero ahorrarme la vuelta a los granos.

*Novela

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