Procuro mantenerme un poco al tanto de las lecturas de mis hijos. Así me leí, hace muchos años, cuando era un desconocido en España pero ya se hablaba de él en el Reino Unido, el primer libro de Harry Potter que me pareció original y nada condenable, contra lo que se decía. En este caso me atrajo el hecho de que fuera una lectura obligada en el colegio de mi hijo perqueño y el título, que me pareció muy sugerente.
En efecto, se trata de cuantos muy cortos de finales muy bruscos que contienen un tema de reflexión. No son cuentos originales, salvo el último de ellos, sino adaptaciones a los tiempos que corren, si bien perdura un cierto exceso de monjes y reyes un tanto anacrónico.
La edición es muy bonita, con ilustraciones estupendas y, ay, alguna falta. A eso hay que añadir que conforme a esas nuevas reglas inexplicables, no se ponen las tildes diacríticas. Esto, que en un relato normal tiene una importancia escasa, en este tipo de relatos tan condensados con abundancia de pronombres se presenta con tanta frecuencia que se me ha hecho molesta la lectura. Bien es cierto que padezco una suerte de dislexia extraña para lo que está mal escrito que tampoco es habitual.
Creo que no es mala idea seguir el consejo de Eloy Moreno de leer un cuento cada día y aprovechar para comentarlos con los hijos o en el café.
*Relatos
