Una novela, por muy literaria que sea, entendiendo esto como aquélla cuyo valor principal está en cómo se cuentan las cosas, necesita un hilo principal que le dé sentido. A veces más que un hilo puede ser un hecho que, contado al final, englobe toda la narración. Por ejemplo, en El camino la narración discurre tranquila hasta que la muerte de Roque explica buena parte de la nostalgia que embarga a Daniel. En otros casos es, sí un hilo largo, como en La vida negociable es la vida de Hugo. En Una palabra tuya quizá falta eso, una luz al fondo que te oriente a través de una historia interesante. Quizá sea que el final, que lo tiene, queda más desvaído a lo largo de la historia porque no se llega a atisbar y carece de la fuerza de las cuatro líneas con las que, de pronto, te sorprende el resbalón de Roque para enlazar con el resto del libro.
Lo cierto es que Elvira Lindo nos cuenta magistralmente algo así como un año de la vida de dos mujeres con dificultades, con las convenientes visiones retrospectivas también, naturalmente. La narración tiene una gran profundidad y una perspicacia difícil de igualar. A modo casi de monólogo de una de ellas, las retrata, sobre todo a la protagonista, con todas sus luces y sombras. El resultado es perfectamente reconocible en ese tipo de personas que se defienden de un mundo en el que no acaban de encajar repitiendo una y otra vez que “yo soy así”. Yo soy así, yo pongo el listón muy alto, a mí no me va el madrugar, yo no soporto el frío, no soy de misas pero sí muy creyente… querrían tener una personalidad fuerte pero se niegan a aceptar que una y otra vez traspasan los límites que ellas mismas se marcan. Personas que son capaces de las mayores incoherencias y la mayor clarividencia a la vez (“qué raros son los recuerdos que nos hacen disfrutar de una felicidad de la que no nos dimos cuenta y con la que no fuimos felices”). Personas erráticas, a veces buenas, capaces de cosas muy malas, que no quieren aprender más que a hurtadillas para parecer siempre más listas que los demás. Personas que buscan siempre atajos porque tampoco son de tomar el camino convencional y por eso, no por falta de capacidad, abandonan los estudios, los trabajos, las relaciones… Personas a las que todos podemos poner algún nombre y que quedan estupendamente retratadas en el libro. Personas que, como todos, anhelan ser felices y acaban madurando de otra manera, quién sabe por qué caminos insospechados, como es el caso de Rosario y Milagros.
Como sucede en Cinco horas con Mario, el reto de la autora no es pequeño: un monólogo de doscientas cincuenta páginas no es una tontería. En él se introducen reflexiones certeras (la gente no quiere el consejo que te piden sino tu aquiescencia) y muchos rasgos que el lector puede identificar fácilmente como de autoengaño, de bondad, de mala conciencia… Diría que uno se pasa la lectura juzgando a la pobre Rosario y a su amiga.
Está, cómo no, muy bien escrito, con los diálogos bien encajados en el texto, y afirmaciones como que “puede ser o puede no ser” (en vez de «puede ser o no puede ser», que suele oírse por ahí), y eso mantiene el ritmo estupendamente a falta, en mi opinión, de esa chispa que tienen las novelas redondas. Bueno, eso, y usar “disturbar” en vez de cualquier otra palabra, pero en tantas páginas es lo único que me ha molestado.
Verde/*Novela
