Me ha gustado mucho leer todas estas reflexiones sobre la traducción. Principalmente porque me confirman que lo que ya había descubierto: cuando la traducción se nota, cuando la lectura se interrumpe con frases poco naturales, hay que cargar contra el traductor. Sólo en el caso, raro, de que el autor haya pretendido deliberadamente usar frases o palabras raras se debe trasladar esa rareza a la traducción. Pero eso se nota fácilmente. En el resto de casos (hablando de traducción literaria destinada a la lectura normal, no a manuales o textos técnicos ni a traducciones para documentalistas o especialistas de algún tipo) el traductor tiene que lograr que el texto final sea al menos tan agradable de leer como el original. Y, si puede, incluso más. Desde luego, el traductor no debe empeorar un texto con su trabajo pero, además, el buen traductor hasta lo mejorará.
Ya Borges decía que una traducción es una más de las manifestaciones de la obra literaria para lo que el original no tiene el monopolio en absoluto. Un libro es cosa de muchos: del que lo escribe, de los que lo leen y de los que hacen posible que lo lean quienes no conocen la lengua del autor, que muchas veces son mayoría. Lo mismo le sucede a una obra de teatro, que se expresa en sus múltiples representaciones. Las representaciones teatrales, y las traducciones, cambian con los tiempos, tampoco son únicas.
Borges también se atrevió a decir que los originales podían tener defectos, que podían no ser perfectas. Claro, Borges podía permitirse decir eso y añadir que una buena traducción debía corregir al original si era posible. Umberto Eco lo expresó muy bien diciendo que la buena traducción es aquélla que expresa exactamente lo que el autor quería decir. De ahí lo del título de Polizzotti del traidor. Pese a lo manido de traidor-traductor, lo cierto es que el traductor se enfrenta a la responsabilidad de atreverse a corregir a autores consagrados y, si efectivamente mejora el original, a que quizá le acusen de traidor. Por eso la simpatía con él.
En realidad, para sacar adelante un buen texto literario lo que hace falta es ser buen escritor y esa condición no necesariamente está ligada a los traductores. Por eso resulta mejor ampararse en la fidelidad al texto para excusar lo malo que ha salido una vez traducido que achacarlo a la incapacidad del traductor. Y por eso las mejores traducciones, las que llegan al corazón de los lectores, vienen de escritores consagrados. El oficio se impone a la profesión porque la literatura es un arte.
Traductor: Íñigo García Ureta
*Pensamiento
