Papaíto Piernaslargas parece un libro infantil sin acabar de serlo del todo. Parte de su mérito está en que fue escrito en 1912, cuando el los estudios y la independencia de la protagonista debían ser muy difíciles de encontrar. El libro no es sino una recopilación de cartas enviadas, y nunca respondidas, de una universitaria huérfana al benefactor que le paga los estudios. La prosa no llama la atención, es directa, rápida y sin florituras. Lo que cuenta en cada carta tampoco es nada especial… En realidad lo interesante es el carácter del personaje que forja Jean Webster carta a carta. Una chica entusiasta, sencilla, animosa, de carácter, con mucho sentido el humor, sensata y entusiasta. Uno se olvida de que está leyendo y se sonríe con el desenfado con el que la protagonista se dirige a una persona que ni siquiera conoce.
En el cine uno puede entusiasmarse con un personaje sin reparar demasiado en las expresiones que emplea o en otros detalles que le rodean, desde el vestuario a la música que le acompañe. Cuando eso sucede, suele alabarse al actor que encarna al personaje. Pero en un libro toda la información proviene de las palabras escritas y no hay más. No hay actor, y si hay música ambiental, tendrá que estar escrita con letras en vez de notas. Lograr un personaje así no me parece nada fácil y aunque al acabar de leer no quede más que la personalidad de un personaje imaginario, no me parece poca cosa.
Traducción: María Sierra
Verde/*Novela
