Cuando uno va leyendo la novela cree que esos dos del título son los amigos que se reúnen por los tejados de su manzana de casas, ésos que parecen adivinarse también en la portada. La tormenta es la situación política en la Argentina de los setenta pasados con la fiebre revolucionaria que aquejaba a buena parte del mundo por aquellas fechas. Luego, más adelante, emerge el padre de uno de ellos y al final no está muy claro si el título hace referencia a lo paterno filial o a la amistad.
Lo cierto es que el libro no es ni una cosa ni otra. Ni va de la confrontación de dos revolucionarios que militan en organizaciones distintas ni trata el drama familiar. En realidad, yo diría que la indefinición es lo que pierde un poco a la novela. Escrita con capítulos cortísimos, carece de la profundidad de otras de Eduardo Sacheri (La noche de la usina sobre todo) pero tampoco es que se trate de una simple crónica. Él afirma que se ha documentado mucho y puede que por ahí vengan los problemas pues con exceso de información cuesta más dejar lugar para los sentimientos. Los monólogos del padre son casi unas anécdotas sueltas, escasas, que en nada afectan a la historia. Podrían arrancarse esas pocas páginas sin que hubiera que reescribir absolutamente nada porque el padre no interactúa con ningún otro personaje. Más parecen un añadido con el que incluir algo más sentido en el relato.
Todo eso no quita para que la novela sí sea sentida y entretenida, sólo tal vez algo desestructurada, como quien ha de encajar tres o cuatro historias paralelas pero no las ha amalgamado mediante los personajes para formar un relato unitario. Además, es algo complicada con tantos nombres, algunos de los cuáles se aplican al mismo personaje según el ambiente en el que se esté moviendo, pero también presenta un elenco de tipos revolucionarios con sus dudas, su bonhomía en algunos y con el fanatismo de otros. Y, sobre todo con esa verborrea seudocastrense que yo recuerdo de aquella época también en España. Esa facundia hueca de “tomar conciencia de la encrucijada de la situación revolucionaria para lograr el esclarecimiento del pueblo en su misión histórica cuyas fuerzas están arribando a la instancia final de la confrontación definitiva” y todas esas zarandajas. Porque una de las cosas de la novela es que, más que el fanatismo, resalta la estupidez de aquellas casi sectas con un aparato burocrático atroz que empleaban un lenguaje aparatosamente hueco.
Prueba del paralelismo entre la Argentina y la España de entonces es que por aquella época yo también miraba con ilusión si me había salido un billete capicúa al coger el autobús.
