Bajo este título tan sugerente se agrupan diversos ensayos y estudios relativos a España de la directora de la Academia de la Historia, Carmen Iglesias. Da gusto leer el rigor con el que aborda a historia de España desde el SXVIII fundamentalmente hasta casi nuestros días, esos en los que se cuestiona hasta la Transición. Con un magnífico prólogo, cada estudio trata temas diversos, desde el concepto de monarquía, diferente del rey, de cómo se nos ve desde fuera y las manidas leyendas negras, una comparativa entre la constitución de 1931 y la de 1978, el drama de los afrancesados…
A ese rigor se añade una crítica constante al tratamiento a posteriori del pasado con fines ideológicos: no había dos Españas, ni guerra civil alguna, con los afrancesados, como tampoco los colaboracionistas franceses en 1945 suponían una ruptura civil; la memoria no debe dedicarse a reforzar los traumatismos; y sí, en la edad media existía la idea de una España arrebatada en la invasión de 711 aunque la palabra reconquista se le aplicara posteriormente.
Simplemente no se debe proyectar el presente, bueno o malo, sobre el pasado y el futuro más que para intentar evitar cometer los mismos errores. Los políticos deben integrar la tradición en proyectos de futuro y actuar de mediadores, no de separadores. No es casualidad que los estudios relativos a la Transición y su Elogio de la concordia se escribieran cuando el 11-M había vuelto a romper el país y un gobierno débil echara mano de lo que llamó memoria histórica para acrecentar la división y sacar réditos electorales. No todo puede ser recordado, ni todo olvidado, sin caer en la locura, como el sucedía al pobre Funes.
Me ha resultado interesante la comparación entre 1978 y 1874, y cómo Cánovas se puso de acuerdo con Sagasta, acuerdos que han borrado para nosotros el pasado revolucionario de Sagasta, varias veces condenado a muerte. Lo compara con la posibilidad de que en 1950 se hubiera invitado al gobierno a Indalecio Prieto, algo inimaginable pero no tal alejado de los pactos entre Suárez y Carrillo. También es de destacar el análisis que hace de la constitución de 1978, menos anticlerical que la de 1931 pese a pertenecer a una sociedad muchísimo más secularizada. Por último, el breve análisis que hace de lo que fue la Guerra de Independencia, centrado en la época y despojado del presentismo, apoyado en testimonios de Blanco White y de Jovellanos, me parece verdaderamente esclarecedor.
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*Historia
