En varias ocasiones he comentado que mi época de novela histórica pasó hace ya mucho. De todas maneras nunca está mal un desahogo y ésta de Mediohombre resulta entretenida. Se ciñe muy estrictamente al intento de conquista de Cartagena de Indias en el SXVIII por parte de los ingleses y lo hace desde el punto de vista del almirante Blas de Lezo.
Quizá sea ésa la mayor crítica que puede hacérsele al libro, que se basa en los diarios de Blas de Lezo, escritos posiblemente una vez escaldado de experiencias anteriores y que pretenden justificar todas sus actuaciones en detrimento de todos los demás protagonistas. Esto le da un sesgo al libro difícil de creer aunque con ello no pretendo quitarle ningún mérito al almirante: debió ser todo un personaje, valiente y buen militar, que tuvo mucho éxito en sus batallas. Sus malas relaciones con el virrey son las propias entre un profesional competente y un político (no hacen falta más calificativos).
La otra es de carácter más literario ya que exagera la épica y, sobre todo, la repite en exceso. Son demasiadas las veces en las que Alber Vázquez insiste en lo malos y orgullosos que eran los ingleses, la superioridad manifiesta que tenían, y la heroicidad de los españoles a excepción de los mandos descontando a Lezo. Y sí, los ingleses tenían muchos barcos pero eso no les daba tanta superioridad en tierra. La infantería inglesa nunca ha destacado porque ellos dan prioridad absoluta a la armada. Lógico al tratarse Gran Bretaña de una isla pero tiene sus consecuencias.
La colonización española e inglesa fue desde el primer momento muy diferente. Como bien señala Roca Barea, España pretendía incorporar los territorios y población conquistados con similares derechos entre ellos y la metrópoli. Cierto que el proceso fue lento y no se culminó hasta los últimos momentos, forzados ya con la Constitución de 1812. Pero infinitamente más rápido que el de los ingleses que ni por asomo pretendieron nunca esa equiparación entre las colonias y Gran Bretaña. Los ingleses, por racismo, superioridad, o por lo que fuera, esquilmaban las colonias sin la menor intención de asimilarlas. Cuando en Norteamérica apenas se habían asentado en la costa este, en Sudamérica había universidades, instituciones y presencia española en todo el continente. Desde fray Bartolomé de las Casas, a los pocos años de Colón, se defendía la españolidad de los indios. No por casualidad en Sudamérica hay tanto mestizaje y en Norteamérica hay reservas de indios. La esclavitud tuvo sus mayores exponentes en Norteamérica porque la colonización británica siempre consideró abismos entre Australia, India, Sudáfrica, Norteamérica por un lado y Gran Bretaña por el otro.
Esas diferencias hacían que en el SXVII los ingleses, cuya presencia en Norteamérica no era más que testimonial, pudieran acosar con sus barcos a Nueva España pero en modo alguno amenazar su dominio y mucho menos imponer el suyo. Explican que sus hombres sufrieran tanto las enfermedades, no supieran manejarse en tierras extrañas y, en definitiva, fueran derrotados por un número mucho menor de tropas casi autóctonas mucho mejor adaptadas a las circunstancias.
La historia la escriben los vencedores pero la realidad es tenaz y se impone a pesar de todo. La leyenda negra de los españoles, racistas y ambiciosos, es un pálido reflejo del racismo y ambición de los ingleses de la misma época… y hasta de muchas posteriores.
*Historia
