Una de las tres grandes novelas de la literatura española del XIX y la única que me quedaba por releer recientemente. Gustándome, en mi opinión se queda por detrás de La Regenta y posiblemente también de la Fortunata de Galdós aunque esto ya no lo veo tan claro.
Los Pazos de Ulloa es una novela corta (al menos en comparación con las otras dos). No se complica tanto como Clarín. Basta comparar las descripciones del casino local de ambas novelas. En La Regenta se debe llevar bastantes páginas lo que en Los Pazos no pasa de un párrafo aunque en ambos lugares se despelleje al vecindario. Pero eso le permite no alargarse y resolver la historia con una sencillez que en mi opinión es su mayor virtud. Eso, y que pese a su sencillez, es una historia intensa. Posiblemente el hecho de que casi todo lo veamos a través de los ojos de uno de los personajes, precisamente el que podría ser un narrador más o menos objetivo y que en realidad es uno de los protagonistas principales, es lo que le da a la novela esa tensión. Una tensión que da lugar a que el cura pusilánime acabe sobreponiéndose y sacando algo de carácter.
Tanto Clarín como Emilia Pardo Bazán cuentan la historia de un cura enamorado pero lo hacen de muy distinta manera. D. Fermín y D. Julián nada tienen que ver y la Iglesia resulta mucho mejor parada en los pazos que en Vetusta. Los chanchullos políticos de la época, en cambio, se ponen más de manifiesto en la novela de Pardo Bazán. “Bonito diputado querían enviar a las Cortes… Más valdría que sus padres lo hubiesen mandado a la escuela…” Pero en Los Pazos importa más la descripción de un ambiente, un paisaje, unas situaciones comunes, que tienen tanto o más interés que la propia historia. El recorrido de visitas a los diversos elementos de la sociedad rural son un buen ejemplo de esto porque resultan relativamente intrascendentes para lo que sucede pero muy elocuentes de cómo se organizaba la sociedad por entonces.
La prosa de Los Pazos es cuidada pero directa, las cosas suceden con cierta rapidez. No se recrea en los acontecimientos: los prepara y, de pronto, pasan. Las maledicencias no se tejen en salones sino en una simple conversación de caminantes apenas inteligible por el vendaval que les azota. Son unos meros retazos y ya queda todo dicho.
Luego, ya acabando, el pasaje del hórreo es magnífico y muy expresivo. Y el epílogo, no puede ser más escueto y a la vez más elocuente. Me quitó las ganas de seguir con la segunda parte porque lo encontré tan redondo que temí estropearlo.
*Novela
