Es verdad que la novela literaria se basa más en cómo se cuentan las cosas que en lo que se cuenta. Sin embargo, sin ser lo que se cuenta demasiado importante, ha de tener alguna coherencia, algo interesante que la prosa amalgame. No basta con contar, sin más, si lo que se cuenta está vacío. De este libro se podrían decir muchas cosas buenas como que no hay voces, sólo ruidos; que se siente la perplejidad del protagonista, su desconcierto; el desamparo de un escritor que hay quedado yermo y que busca su reencuentro a través de una huerta… Y todo eso está a la vez que me parece un libro vacío. Me recuerda a Los asquerosos, que quizá retrataba su título pero que por lo mismo no resulta muy agradable. Retratar la nada, si no se acompaña un poco, tampoco es muy atractivo.
Al principio, esa nada tiene algún encanto, con una cierta musicalidad de los párrafos sueltos. Son treinta páginas en las que no sucede absolutamente nada que pueden tomarse como un prólogo pero cuando comienza la “acción”, sigue sin pasar nada y acaba el libro como empezó, en la nada. Y o eso es muy poco o la prosa no logra poner lo que falta, no sé.
Lo cierto es que los restantes premiados y finalistas como éste del Premio Herralde tampoco me gustaron demasiado a pesar de que algunos de sus autores si me gustan en otros casos: Bariloche, de Neuman, sería un ejemplo así que tal vez sea problema mío.
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Traducción y lenguaje:
Siempre es un gusto leer en argentino. Como tantas veces digo, hace reflexionar a cerca del lenguaje. Si ellos se sacan las cosas de encima y nosotros nos las quitamos, por ejemplo. O lo linda que es la palabra “encapotado”.
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*Novela
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