Los colores del incendio

Pierre Lemaitre

Guillermo del Campo
Fecha: 22 de mayo de 2019
Categoría: Sin categoría

“Nunca segundas partes fueron buenas”, decía mi madre. Y yo, buen hijo, comprobé que generalmente tenía razón. Sin embargo, Los colores del incendio, podría ser una de las muchas excepciones a la regla: Se trata de una novela muy del tipo de Pierre Lemaitre, con el buen ritmo y la tensión en él habituales, que se lee bien y que engancha. Digo que podría parecer una excepción porque, aunque se vende como segunda parte de Nos vemos ahí arriba, poco tiene que ver con ella. Creo que lo de la segunda parte es más bien un recurso de ventas orientado a lectores que no conocen a mi madre. Con la excusa de que el personaje principal del segundo libro aparece fugazmente en el primero, la publicidad se permite ligarlos aunque en realidad guarden muy poca relación. Sí, ambos libros están ambientados en un lugar y época similares e incluso adolecen del mismo defecto: una historia que comienza con mucha fuerza, que sorprende, y que en la segunda parte se complica en exceso y se atasca un poco. Pero no diría yo por eso que uno es la segunda parte de otro.

Como decía, el comienzo es tremendo al igual que sucedía en Nos vemos allí arriba. Luego el libro avanza un poco a ciegas y vamos conociendo a personajes muy diversos que de nuevo nos sorprenderán al final de la primera parte. Y sí, la segunda parte resulta algo rebuscada pero bien puede uno permitirse un pequeño descenso al final viniendo de cotas tan altas.

Ambos libros tienen también en común ese gusto por lo histriónico, casi surrealista, de muchos de sus personajes. Incluso en aquellos que sólo se mencionan circunstancialmente, ya que supongo que el pintor de decorados anónimo pretende ser Dalí. Por cierto, yo creo que el autor se equivoca: las opiniones políticas de Dalí son mucho más equívocas y resulta muy dudoso que hubiera querido oponerse al III Reich con sus pinturas. En cambio, calificar a Lerroux de fascista es no conocer al Emperador del Paralelo.

También comparten ambos libros el gusto por alternar pasajes picarescos con crímenes horrendos, cosa que a mí me parece otro exceso innecesario. Pero, con todo, la historia es interesante y se lee muy bien gracias a una prosa clara, cuidada y variada. El capítulo en el que se alterna la ópera de Milán con la ruina económica en París es tan maravilloso como la aparición de Andrea Chenier en la película Philadelphia.

Resulta también muy agradable la complicidad que establece el autor con el lector a través de sus comentarios irónicos (“el clero docente gozaba ya de una sólida reputación”) o de interpelaciones directas. Así, se alternan expresiones cultas como “masacrar una melodía” con formas mucho más cotidianas (qué “burra” es) dirigidas al lector que, de este modo, parece que participa más de la historia.

Por último tengo que resaltar lo buena que me parece la traducción: me gustaría saber cómo aparece “guirigay” en el original o si en Francia también se pliega o dobla la servilleta cuando se acaba. Cómo dicen ellos “hacer agua” o “pinchar en hueso”. Pero lo cierto es que en español suena estupendamente y eso es lo verdaderamente importante, caramba.

*Novela de intriga

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