Creo haber dicho ya que me parece que los libros de cuentos no suelen ser para leer del tirón. Éste es para leer un cuento al mes a lo sumo. Cierto que el tema futbolero, repetido en cada historia, requiere de un poco de aire. Pero no es sólo eso: es que hoy los cuentos empiezan empezados, ya no arrancan con “érase una vez…” Te meten directamente en medio de un tiroteo y apenas sabrás, cuando ya te hayan matado, quién te ha disparado o por qué. Y eso, cada doce o quince páginas, resulta agotador. No se puede estar al borde de la lágrima, con la tensión por las nubes, las balas silbándole a uno, página tras página. Eduardo Sacheri sabe interesar, sabe emocionar, pero todo tiene sus límites.
A lo anterior podríamos añadir que cuesta entender el argentino. Sí, es apasionante ver cómo un idioma adquiere sus particularidades. Pensar en por qué en español decimos date la vuelta y en argentino pégala. Por qué nosotros diríamos periodicidad y ellos periodización, portero o arquero, para empezar o por empezar… A mí al menos me interesa ver la evolución lentamente divergente de una misma lengua. Y las dificultades se compensan con hallazgos de palabras tan estupendas como “culismundis”. Pero también habrá lectores a los que canse porque es cierto que muchos detalles se pierden. Tampoco mucho más, porque, la esencia, el autor la transmite perfectamente.
Las historias están llenas de picaresca, retranca argentina que mueve a la risa, a la vez que sentidas, familiares y profundamente humanas. A veces se entretienen en la propia narrativa y en las diferentes maneras de contar algo, como en “Un viejo que se pone de pie”. Aquí uno ha de echarle bastante imaginación para completar la historia pero eso, de vez en cuando, es estimulante. Da juego, además, para comentar luego con los amigos.
La mayoría de las historias, sin embargo, están bien construidas. Tienen la pasión por el fútbol como constante desde el punto de vista del jugador de barrio que también es aficionado a los grandes equipos. Las rivalidades de los Proscritos de Guillermo Brown son aquí las de los barrios bonaerenses. El abuelo y la nieta, tan frecuentes en las calles madrileñas de Almudena Grandes, y que en algún caso están unidos por los toros, aquí se unen por el fútbol.
Aparte de los jugadores y de algún familiar o pareja, apenas hay otros personajes, ni siquiera árbitros que podían dar tanto juego en estas historias. Se ve que el autor jugó casi siempre sin necesidad de ellos. De todas maneras podríamos decir que su presencia se siente en la forma verdaderamente arbitraria que tiene la editorial de espolvorear las tildes diacríticas: no le afecta el ambiente de normas actuales ni las jerarquías académicas. Como el mejor trencilla, aplica su leal saber y entender con absoluta indiferencia hacia el resultado.
*Relatos
