Alguna vez he dicho que Francisco Umbral escribe como habla (hablaba). Lo malo es que Umbral no me caía bien: ya su pronunciación impostada, la melena rala y su pretendida impasibilidad no me gustaban mucho. Pero cuando, con mucha razón, Umbral amenazó a Mercedes Milá con irse del plató porque le habían engañado y no se hablaba de su libro… pero se limitó a amenazar mucho sin irse nunca y se hizo partícipe del espectáculo…la verdad es que me cayó mal. Claro, eso me complica un poco la lectura de sus libros, particularmente si son, como éste, bastante autobiográficos. A pesar de ello sigo reconociendo en él a un buen escritor. Con fallos, con excesiva prepotencia, que viste de sinceridad una hipocresía similar a la que critica pero que sabe escribir. Lástima que lo que escribe aquí tenga poca enjundia.
Dice en La noche que llegó al Café Gijón que los argumentos estropean la literatura, que ésta no debería estar sujeta a ellos. Defiende algo así como el verso en prosa y algo de eso pone en práctica aquí. Escribe más o menos en torno a los personajes que rondaban por el Café, escribe acerca de cómo él se planteó lo primeros pasos en la literatura, cuenta alguna reflexiones varias y deja a un lado eso tan manido de planteamiento, nudo y desenlace. Si bien comparto el que la prosa fluya por sí misma, creo que la buena literatura es capaz de combinarlo todo. La prosa de Umbral es estupenda en general. Prueba de ello es que lleva en solitario el peso de un libro muy poco interesante para la mayoría de los lectores y, sin embargo, se lee bien, pero apenas cuenta nada.
En su momento el libro pudo tener el interés del cotilleo: a ver qué dice Umbral, el de la pluma punzante, de sus colegas… Pero casi todo son alabanzas simplonas y descripciones huecas. Acumular malas greguerías no es describir: “tenía la voz oscura”, “estaba entre médico y legionario”, “tenía cabeza de Góngora proletario”… Supongo que los conocidos le felicitarían por esas agudezas igual que los que ensalzan el traje del emperador pero la verdad es que creo que a mí me parecen vacías y mucho más para quien no conozca, por ejemplo, el aspecto de J. María Sanjuan, por poner el caso.
Pero es que además lo poco que cuenta no es interesante porque habla de personajes en su mayoría completamente desconocidos para cualquier lector común de hoy. Se limita a espolvorear unas vagas virtudes de cada uno y sólo se atreve a hablar más claro (y mal) de Baroja, Azorín y de Carmen de Burgos. Es como si tuviera que pagar algún tributo iconoclasta y no se atreviera con aquéllos con los que compartía mármol en el Café. Quizá tenga algo de razón con Baroja; no puedo juzgar con Azorín; pero creo que se equivoca con Carmen de Burgos, precisamente, además, la más débil de los tres.
Por si fuera poco, aunque la prosa de Umbral es buena, también adolece de fallos crasos. Si en Las ninfas repetía infinitamente el recurso de la negación, aquí agota con la duda: “creo que dormimos en la misma habitación”, “me parece que gané el premio”, “no sé si ese escritor se llamaba Zamorano o Povedano”, “me pidió o yo le ofrecí”, “yo tenía el aspecto menos español o el aspecto más español del Café”… Comprendo que le queda muy bohemio pero cinco de éstas por página agotan a cualquiera. Añadamos eso que también repite hasta la saciedad de que “ha sido y es”, “le veía le veo”, “buscaba y busco”, “tenía y tiene”, “estaba y está” a razón de dos o tres en algunos párrafos… y concluyo con que eso no es buena prosa aunque tenga algunas virtudes.
En definitiva, lo que tiene de bueno sostiene el libro pero lo que le falta y lo que cansa hacen que no merezca la pena.
*Ensayo
