Me ha parecido un buen esfuerzo por parte del Instituto Cervantes y del autor, Francisco Moreno, de acercar la historia de nuestro idioma a los que los hablamos. Se trata de un libro divulgativo a la vez que serio. Para combinar ambas cosas, alterna temas explicativos con anécdotas, personajes, reales o ficticios, y con la etimología de algunas palabras. Todo ello lo hace ameno e instructivo. Quizá le falta la pasión que Álex Grijelmo pone en otros libros del mismo tipo pero es que La maravillosa historia del español es más formal. A cambio, da explicaciones socioeconómicas de la evolución del idioma muy interesantes.
Algo que me ha parecido curioso es comprobar cómo en muchas ocasiones la comparación entre una construcción lingüística actual con una de un escritor relevante del SXVIII favorece claramente a la segunda. Al comparar Iriarte los extranjerismos de entonces con las palabras que consideraba él más adecuadas, uno se da cuenta de que incluso hoy siguen siendo preferibles las que dice Iriarte aunque los extranjerismos ya no sean tales. Las raíces subsisten mucho tiempo en nuestro acervo y las reconocemos, aunque por descuido muchas veces no cultivemos el lenguaje lo debido.
Otra cosa llamativa es que no sólo el autor sino los diccionarios de la RAE, los hablantes hispanoamericanos, e incluso varias de sus academias de la lengua, se refieran a nuestro idioma como español y no como castellano. Quizá los españoles estamos excesivamente politizados para hablar con normalidad. Claro que si quienes insisten en llamar castellano a lo que hablamos se dieran cuenta de que estaban resucitando la lengua del Cid, a lo mejor se arrepentían. Porque los que en 1978 comenzamos a hablar en castellano con afán integrador, creo que tenemos motivos sobrados para abandonar el intento por completamente inútil y volver a llamar a las cosas por su nombre y a nuestro idioma como hace todo el mundo.
El libro tiene otros detalles que me han gustado: las explicaciones del voseo argentino, la gran visión de Cisneros que mandó que hicieran sitio a Nebrija para que “leyese lo que él quisiese, y si no quisiese leer, que no leyese”, la aparición del Salvatore de El nombre de la rosa… pero lo que me ha llegado al alma es ver por primera vez escrita la palabra «guasapear», así, con g, tal como yo la escribo desde hace ya tiempo. Y no digamos nada de cómo explica el significado de «bizarro», tan manoseado en los últimos tiempos.
*Saber
