A la vista de que está de moda criticar todo nuestro pasado decidí releerla historia que hace tantísimos años me ilusionó. La estatua burgalesa de Rodrigo capa al viento me picó la curiosidad de niño y me llevó a leer muchísimo sobre el Cid. Con todo ello me forjé una imagen de la que Menéndez Pidal sólo era una parte y en la que distinguía perfectamente entre lo épico y lo histórico.
No necesité entonces mucha ayuda para percibir que cuando El Cid concedía unos días de tregua a los asediados en realidad vestía de magnanimidad su impotencia. Que el de Vivar era un jefe de pocos escrúpulos no puede sorprendernos, es consustancial con todo hombre político e incluso necesario. Los políticos no brillan por sus cualidades morales sino por sus logros. Y tampoco en eso El Cid consiguió gran cosa puesto que su éxito fue más personal que general y desapareció con él. Otra cosa es la épica, que también necesitan los países, y Charlton Heston la encarnó tal como Menendez Pidal describió, por cierto, en 1929, cuando la épica de los luceros con la que se quiere emparentar ni había aparecido.
La España del Cid hace honor a su nombre porque ofrece mucha información en torno al personaje histórico sin reducirse ni a él ni a su épica. Aunque acusa el paso del tiempo desde que se escribió, sigue siendo una buena fuente para saber de la Castilla, el Aragón y las taifas de entonces. Que prefieras el Cid o Sidi es cuestión de modas, del vaivén de las interpretaciones que cada uno quiere hacer para arrimar el ascua de la Historia a la sardina del momento.
*Historia
