Cuarta novela que leo de Joël Dicker, tercera del mismo tipo: una trama más o menos policiaca complicada y larga, de asesinatos y desapariciones que se alternan en el presente y pasado, historias mal cerradas que acaban completándose veinte años después. Ésta deja más de lado el aire intelectual de La verdad sobre el caso de Harry Quebert y se centra decididamente en lo policiaco, lo que no la mejora en absoluto.
El ambiente recuerda a Tiburón en eso del pueblecito que depende de la temporada turística y los intereses de unos y otros. Pero todo es extraordinariamente complejo y excesivamente dramático. Cada capítulo se cierra con una frase grandilocuente que agota la paciencia y a la vez hay varios personajes y varias situaciones histriónicas que rayan en la parodia. Ambos recursos, lejos de compensarse, sobran por completo.
Claro que si una crítica del libro ha sido capaz de escribir que es “una voz napoleónica que no escribe, boxea” quizá el problema sea mío: no entiendo nada empezando por la crítica.
En todo caso, distrae, aunque es excesivamente larga para que merezca la pena.
*Novela de intriga
