Fuego y cenizas

Guillermo del Campo
Fecha: 28 de junio de 2024
Categoría: Sin categoría

El libro no es sino un relato de la relativamente fugaz intervención en la política canadiense del autor, Michael Ignatieff. Como profesor de universidad que es, probablemente pecó de ingenuo y aunque bienintencionado, se topó con la mugre que tiene la política. Yo, a una escala infinitamente menor, me aproximé una vez y en seis meses me dio tiempo de sobra para ver que es un mundo repugnante. Ignatieff cuenta bien las cosas, es ameno y de vez en cuando llega a algunas conclusiones interesantes, particularmente para mí porque Canadá está sometido a las tensiones independentistas que en España también sufrimos. Comenta el autor que las divisiones acentuadas que soporta EEUU  resultan excesivas para Canadá, que ha de aguantar a quienes sólo desean romperlo. O dice también que un país bilingüe debe esforzarse mucho más que otros en ampliar lo que tengan en común.

Entre otras reflexiones, Fuego y cenizas explica que el político torpe es aquél al que se le nota que está aprovechando una oportunidad existente. En cambio, el político hábil hace que parezca que es él mismo quien ha creado la oportunidad. Uno se queda pensando entonces en cómo calificar al político que simula una oportunidad inexistente con el único fin de mantenerse en el poder. También afirma Ignatieff que los políticos han de tener principios y no ser sofás acomodaticios.

Yo admiro a dos políticos: A Allende, que mantuvo su discurso durante años sin buscar atajos hasta que las urnas le dieron el poder y  a Churchill, que se quedó solo denunciando los pactos con Hitler hasta que fue llamado para dirigir la guerra. A mí me gustaría que me eligieran por lo que pretendiera hacer y no hacer lo necesario para que me elijan. Pero por lo que he visto, los casos de Chile e Inglaterra fueron excepcionales y la mayoría de los políticos, hasta los buenos, buscan atajos para llegar al poder con la excusa de que sólo así podrán hacer el papel que pretenden. El mal menor, que traga con todo porque el fin justifica cualquier cosa.

También apunta el autor la necesidad de limitar los presupuestos de los partidos políticos. Coincido: si se impusieran a los partidos una reglas de gasto estrictas como las que tienen en las carreras de F1, no sólo se desperdiciaría mucho menos dinero, no sólo habría una competición más democrática sino que se reduciría muchísimo la corrupción. Los grandes casos que hemos tenido en España no han sido los de un par de sinvergüenzas sino los de partidos enteros que se financian con lo que esos sinvergüenzas robaban. A Rajoy y a Griñán no se les demostró que se llevaran algo de Bárcenas o de los ERE pero ganaban las elecciones con ese dinero. Si los partidos hubieran de justificar unos gastos limitados, tendrían dinero de sobra para ello y no necesitarían crear estructuras fraudulentas como vienen haciendo sistemáticamente, por que no podrían gastarlo. La corrupción se limitaría a las personas, no sería institucional, y los partidos dejarían de amparar a los sinvergüenzas que se quedan el 10% del 3% de lo que roban para ellos.

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Traducción: Francisco Beltrán

La traducción no molesta pero hace algunas cosas raras. Por ejemplo, hace referencia a que  un «homme de terrain» como intraducible al español que, como tampoco parece tener mayor problema (hombre de campo o local), más muestra la dificultad de traducirlo del francés al inglés y de ahí al Español.

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*Pensamiento

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