El olvido que seremos

Héctor Abad Faciolince

Guillermo del Campo
Fecha: 18 de julio de 2021
Categoría: Sin categoría

Decía Borges en sus Ficciones que la realidad puede prescindir de lo interesante pero las hipótesis no. Añadiría yo que la literatura, para serlo con mayúscula, no puede prescindir de la ficción. Siguiendo el verso de Borges que titula el libro, Héctor Abad escribe una historia conmovedora, de una sinceridad pasmosa (al menos eso me parece) pero que por eso mismo tiene mucho más de crónica que de novela.  Supongo que para el autor, éste es un libro especial y habrá asumido el distanciarse de otros relatos más literarios. Diría que hasta lo buscaba y posiblemente con razón. En todo caso, El Olvido que seremos es un libro fundamentalmente humano que, sin esconder las miserias, deja que brillen las personas. También es un libro acerca de un amor que no suele leerse (quizá ni siquiera verse): el que siente el autor por su papá.

Esa expresión, “mi papá”, creo que altera profundamente la percepción que los españoles tenemos de la lectura del libro. A nuestros oídos (ojos), “mi papá” nada tiene que ver con “mi padre” y quizá ello nos haga la lectura más tierna, ñoña incluso, pero también más sentida que en Sudamérica o incluso en otros lenguajes a los que se traduzca. Ignoro el éxito que habrá tenido en todos esos sitios pero diría que en España, El Olvido que seremos, tiene más posibilidades precisamente por esa aparente pequeñez. Aquí, al comprender que “mi papá” no es sino una expresión corriente en Colombia, toleraremos la sensiblería que inevitablemente conlleva sin darnos cuenta de que, también inevitablemente, nos cala muy dentro.

Entremedias, Héctor Abad nos habla también de política y de religión. En ambos casos critica los fanatismos con acierto pero sin rabia, desde un equilibrio, sincero, ateo y dolorido. Critica a la Iglesia porque lo mereció y critica más a la derecha que a la izquierda porque aquélla lo mereció más. Pero también critica a quienes se empeñaron en eliminar la capilla católica de la universidad, por ejemplo, cosa que en Madrid ha servido para forjar la carrera política de Rita Maestre. Los fanatismos, todos, son siempre malos.

El aire familiar del relato recuerda a A corazón abierto y el padre, el papá, al Mario de Delibes o a los padres de Marjane Satrapi: su amor por los hijos resulta a veces desmesurado, incomprendido… pero maravilloso. Cuando el chaval no quiere ir al cole tres días consecutivos… el padre pospone su escolarización un año. ¿Y por qué no? El colegio de mis hijos les enseñaba a leer un año más tarde que todos los demás colegios y he de reconocer que no pasó nada por ello.

Está bien escrito, tiene frases bonitas, pero su valor va más allá de las palabras. De hecho, hay algún capítulo más frío en el que el interés decae rápidamente y es que, pese a la contradicción aparente, creo que los sentimientos del autor te alcanzan por encima de lo que cuenta y de cómo lo hace. Me llega al alma la decepción que dice que produjo en su padre el capricho de que le comprara en una feria un absurdo y caro libro de deportes, decepción que se ve que el autor aún lamenta. Cuando yo tenía seis años me gustaba que mi madre me contara los miles de planes que ella hacía. Yo he heredado esa afición tan bonita de soñar y me encanta abstraerme en un paseo imaginando excursiones, viajes, fiestas… Ella estaba entonces entusiasmada con ir ese verano a Laredo y me dijo: “Dejaremos a Papá con las niñas y nos iremos tú y yo a recorrer la playa, que es estupenda”. En un afán de aclaración excesivo que aún padezco, no se me ocurrió otra cosa que preguntarle por qué no se quedaba ella con las niñas (mis hermanas pequeñas) y me iba yo con Papá. Era una curiosidad tonta y, además, yo prefería irme con mi madre sin dudarlo. Pero, naturalmente, mi pregunta no le gustó. Ella no lo recuerda; lo sé porque se lo he preguntado. Pero a mí todavía me duele haberla decepcionado tan absurdamente en aquella ocasión.

Ah, la carta que escribe el padre al hijo cuando quiere regresar de Italia es una muestra de lo mucho que hemos perdido con los móviles. Y vaya portada fea incluso asumiendo que se trata de otro olvido rescatado.

*Sucedido

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PD. Tiempo después leí La Oculta, que no sé por qué no sale cuando se busca aquí por el autor.

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