Tuve curiosidad por leer una obra de teatro a la que había asistido. Quería hacer el proceso inverso al habitual para mí: normalmente he asistido a representaciones de obras que previamente ya había leído pero nunca había leído la obra después de asistir al teatro. Lo cierto es que me ha dicho poca cosa, no sé si porque había poco que decir (al fin y al cabo es una representación escueta que necesita de pocas acotaciones, o de ninguna) o porque está pensada únicamente para ser representada y el libro es como ésos de películas que sólo salen a la luz cuando tienen éxito en las pantallas.
En esta ocasión se trata de una obra fácil, corta, amena, que tampoco se complica demasiado ni requiere de reflexiones muy profundas. Al principio sí plantea algo el papel de la banca en la sociedad. Como bien se dice en la obra, y en la calle, el banco sólo le da créditos a quien ya tiene el dinero que solicita. De hecho, es llamativa la transformación que la banca ha conseguido en su negocio: uno, cuando quiere una barra de pan, va y la compra. Entra por la puerta principal de la panadería, la pide y la paga. Una barra de pan hecha con la harina que suministran quienes la descargan por la puerta de atrás fuera de horas comerciales. Los clientes son los que compran la barra de pan. En un banco, no se compra un crédito sino que se “solicita”. Y no te lo venden, te lo “conceden”. A quien tiene un depósito a plazo fijo le ponen una alfombra roja, le dan palmaditas en la espalda y le llaman cliente aunque sólo es el suministrador del dinero con el que el banco vende los créditos a precios muy superiores a los que paga por los depósitos, lógicamente. (como la barra de pan es más cara que la harina que contiene). Y si uno ha comprado un crédito, se le tiene por deudor y se le trata como tal: un día de retraso comporta todo tipo de llamadas, cartas amenazantes y penalizaciones.
Cuando yo era pequeño, un empleado del entonces BB vino a ver a mi padre para convencerlo de que domiciliara el recibo de la luz. Hoy es obligatorio. La banca ha pasado de ser un motor de riqueza a resultar imprescindible para la mera subsistencia. Y los cambios, como digo, no están sólo en los usos sino también en el lenguaje y con ello en el subconsciente de las personas. Ese proceso debería invertirse cuanto antes. Debería enseñarse que el cliente del banco es quien compra sus productos bancarios, que no hay vergüenza en comprar un crédito y como clientes merecemos otro trato. Y que los servicios elementales como tener domiciliada la luz, etc. deberían ser obligatoriamente gratuitos.
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