No sé cómo de frecuente es que los héroes de la infancia le acompañen a uno a lo largo de toda su vida. En mi caso, Guillermo Brown o el Cid siguen presentes y raro es el año que no tengo relación con ellos de una u otra manera (generalmente leyendo). Me topé con este libro escuchando la radio, me gustó la entrevista al autor y me atrajo el prologuista, García Fitz, de quien tiempo atrás había leído una interesante ponencia de las del congreso del noveno centenario de la muerte del Cid de 1999.
Como, a diferencia de las novelas, no releo mucho este tipo de libros, no recuerdo si lo que me ha parecido novedoso de éste lo es realmente o, como dicen mis hijos, mi memoria de pez hace que me sorprenda una y otra vez con lo mismo. Es cierto que tengo lo principal de la bibliografía que maneja el autor pero la verdad es que la leí hace demasiado. Sea como fuere me ha gustado mucho el enfoque de David Porrinas hacia el personaje del Cid: un enfoque global, no exento de detalles pero que fundamentalmente explica cómo el de Vivar hizo de la necesidad, virtud y obtuvo el máximo beneficio de la libertad que le conferían los destierros. Lo que era un castigo y una situación muy difícil para cualquiera, para el Cid se convirtió con el tiempo en una oportunidad. Porrinas encuadra las correrías del Cid por Valencia dentro de la estrategia de desgaste habitual de Alfonso VI pero en la que el desterrado pudo servir a sus propios intereses, una vez liberado del vasallaje, sin por ello oponerse frontalmente al rey.
A lo largo del libro se trata al de Vivar con objetividad y se pone en relación con otros guerreros de su época que también camparon por sus respetos por diversas circunstancias. Me habría gustado saber más de esos guerreros normandos y, en cambio, me han sobrado detalles del asedio de Valencia, que se ve que está mejor documentado. Para mí, lo interesante del libro está en el enfoque realista del autor hacia un personaje del que hay escasa información directa. En cómo enmarca la información disponible en los usos de la época y en las hipótesis más probables. En lo que tiene de ensayo, más que de historiador, dicho casi con las limitaciones e inexactitudes de un titular de prensa porque es la parte de historiador la que sustenta la de pudiera haber de opinión.
También me ha parecido novedoso el último capítulo dedicado a la leyenda del Cid. Me ha encantado ver enfrentados al héroe y al león de Graus y conciliar la doble llave al sepulcro del primero, que proponía el político, no con la negación de las virtudes del Campeador sino con una visión más completa de las mismas (o de las que se le quieran atribuir al mito).
La edición de Desperta Ferro es buena, muy agradable al tacto y con numerosas imágenes y mapas insertados dentro del texto. No siempre las imágenes ilustran el texto pero hay siete en una página que, sin lugar a dudas, debieran ser ocho: las de las estatuas del Cid por el mundo. Comienza con la conocida de González Quesada de 1955, que sirvió de imagen del congreso de 1999 y sigue con seis idénticas de España y América pero olvida la de Óscar Martín, también en Burgos, que actualiza como nadie la imagen del personaje. Un libro que acaba tratando la película de Charlton Heston y Sofía Loren y llega hasta los dibujos animados o los videojuegos como Age of Empires, no puede olvidar la escultura del Cid del SXXI.

A la izquierda la imagen del congreso del noveno centenario de la muerte del Cid. Confiemos en que la de la derecha sea la del congreso del milenario.
*Historia
