El pasado día del libro escuché grandes alabanzas a Aldecoa y me sorprendió un poco porque sabía que había leído algo de él pero no me había debido entusiasmar cuando no recordaba absolutamente nada de él. Relectura, pues, pero como si fuera de nuevas. Comprendo que cuando lo leyera, quizá hace veinte años, no me dejara mucha huella. Tampoco ahora me la ha dejado. Quien le alababa decía que su defecto era la perfección y es posible que algo de eso haya pero eso si aceptamos como perfección una sobreabundancia de adjetivos que hasta resulta empachosa en algunos casos. En ocasiones, hasta inventa adjetivos que podrían tener su aquél si no se vieran tan acompañados. Si además se combina con una exagerada tendencia a anteponerlos al nombre, el texto a veces resulta cargante como en el caso de Un corazón humilde y fatigado. Otras veces utiliza un vocabulario deliberadamente extraño que casi parece hecho para un concurso: élitros, huelgo, oriniento, paniego… que se suman a otras palabras más conocidas pero cuya aglomeración también cansa. Por no hablar de las metáforas, muy forzadas. Como el “glacis del chiscón” o “las sidéreas pupilas”.
Pese a todo, hay cuentos que calan mucho más como el de La despedida. No es que cuente mucho, más bien son estampas, casi instantes, a veces, que carecen de principio o final y se limitan a describir una situación corriente con aguda observación. Estampas realistas, de fuerte contenido social, que tienden a aprovechar la jerga de cada caso, ya sea taurina, pugilística, ferroviaria o cualquier otra. Sí, quizá ese anhelo de perfección pierde a Aldecoa pero porque, como todo exceso, le aleja de su meta.
Verde/*Novela
