Reseña, Comportarse como adultos, Yanis Varoufakis

Comportarse como adultos

Yanis Varoufakis

Guillermo del Campo
Fecha: 1 de marzo de 2026
Categoría: Sin categoría

Unas memorias del ministro griego de la crisis económica que comenzó en 2008 que decidí leer para tratar de entender sus puntos de vista (en una época en la que en España se decían cosas parecidas que se siguen diciendo). Básicamente, plantea la cuestión de si se puede o no castigar a los deudores, más allá de pretender cobrarles la deuda. Como bien dice, hace tiempo que dejó de encarcelarse a quien no pagaba porque eso no facilitaba que lo hicieran, evidentemente. Pero olvida el carácter punitivo y ejemplarizante de la medida. Cuando Europa exigía a Grecia el pago de su deuda había un componente importante de castigo por haber gastado de más y por haber maquillado las cuentas durante años. El gran argumento de Vaorufakis es que hacerles pagar la deuda era imposible y sólo haría sufrir a los griegos. Tiene algo de verdad (aunque, transcurridos todos estos años, parece que no del todo). Pero, sobre todo, se despreocupa de la responsabilidad de esos griegos en la corrupción del país (que admite sin paliativos) o en engañar con los balances. Sí, también se remonta a injusticias anteriores para explicar que se endeudaran de ese modo… pero no resulta muy convincente. Al menos hay que agradecerle que no está apenas politizado, que argumenta sin echar mano del populismo… salvo cuando habla de los mandatos democráticos, ahí sí.

En lo que sí acierta más es en que lo que aparentaba ser una ayuda a Grecia era simplemente una condena destinada a satisfacer a los bancos que habían dejado que el país se endeudara. En eso le doy la razón: tenemos una cultura que culpabiliza al que debe dinero y no al que lo presta indebidamente, cuando, además, quien lo debe suele ser un ciudadano corriente y quien hace el negocio es una corporación bien asesorada. Cuando uno deja de pagar, le embargan pero si es un banco, lo rescatamos entre todos y no se exigen responsabilidades a sus directivos. A mí, si se me cae una casa, no sólo me quedo sin trabajo, tengo un juicio y muchos problemas mientras todos los que dirigían el chiringuito de las Cajas de Ahorros, simplemente se llevaron lo que quedaba en la caja y a otra cosa, mariposa.

Es curioso: en una panadería el cliente es quien compra la barra de pan y el proveedor es quien lleva la harina para cocer esas barras. Al proveedor se le recibe por la puerta de atrás a horas intempestivas. En cambio, en un banco se trata bien al que deposita dinero para que el banco venda hipotecas y al que le compra esas hipotecas, lo trata a patadas. El absurdo alcanza hasta al lenguaje: en vez de comprar una hipoteca, la solicitamos. Y en vez de vendérnosla, nos la conceden. En esa perversión mental en la que ha caído nuestra sociedad sí tiene razón Varoufakis (aunque el ejemplo de la barra y la hipoteca sea mío).

La lectura de las memorias de los seis meses que estuvo de ministro tiene también el interés de constatar cómo funciona la política (y el ser humano, al final): buenas caras, sonrisas, aquiescencia cuando no conformidad compromisos… y lo contrario cuando media hora después cuando llega el momento de votar, sin el más mínimo rubor. Lo he vivido (en instituciones más modestas pero igualmente corrompidas) exactamente igual que lo cuenta. Varoufakis parece que se metió en aquel lío de buena fe y con ideas para sacar adelante que, como pasa siempre, antes de chocar con los errores encallaron en la hipocresía más repugnante una y otra vez. La vida misma.

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Verde/*Sucedido

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