El comienzo, y en general la prosa de Lucía Solla, engancha muy deprisa y resulta muy atractiva. Cuenta de una manera rápida, directa, con mucha fuerza. Su forma de mezclar imágenes y hasta relatos en párrafos alternos, las paradojas… recuerda mucho a Almudena Grandes pero acelerada. En vez de la pausa y el recrearse en los pensamientos de la escritora madrileña, Lucía Solla te atropella de manera que lo que sientes en un momento se mezcla de inmediato con el siguiente. La protagonista se empacha con los churros que no ha comido, como tantísimos personajes de Grandes hicieron, pero uno se lee desbordado, apasionado, por el ritmo de la escritora gallega.
Quizá el problema de Comerás flores es que la historia que cuenta no me atrae demasiado, me parece muy manida, y aunque la autora la cuenta bien, me resultan mucho más interesantes todos los flecos: sus novios anteriores, la relación con su familia… Es verdad que trata las relaciones tóxicas con bastante profundidad sin caer en el maniqueísmo. Al empezar, Jaime salva de su dolor a Marina por la pérdida de su padre. Ni él es el malvado ni ella la tonta. Y conforme pasa el tiempo, Marina ve que se está equivocando; hasta que decide cortar sin que tampoco haya malos y buenos exactamente. Lo cuenta bien pero el tema seguía sin interesarme. Eso, y que las velas no tintinean (tal vez titile su llama), o que uno se hace análisis de sangre más que analíticas, como hacemos fotografías y no fotográficas, es lo que no me ha gustado. Poca cosa como para ensombrecer a una escritora de la que procuraré leer la siguiente novela.
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*Novela
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