Cien cuyes es una novela que me ha disgustado y me ha gustado un par de veces durante su lectura hasta acabar dejándome un sabor agridulce. Me ha disgustado desde el principio porque el peruano no es el argentino, ni siquiera el mexicano. Desde el título, cuyo significado exacto estoy por descubrir (*), no se trata sólo de que use “concreto” en vez de “hormigón”, y pierdas un poco la fluidez del lenguaje, se trata de una miríada de palabras de las que no tengo ni idea, de frases hechas, de párrafos enteros que apenas puedo intuir de qué van muy por encima. Resulta que un lobo de mar, en Lima, no es el capitán rostro arrugado y barba, con una gorra calada, que yo creía, sino una especie de foca. Sin embargo, también es verdad que todo eso no es un impedimento para que la magia de las palabras te haga sentir la narración. Pronto me abandoné a ella con gusto porque lo cierto es que resulta agradable. Es curioso que las palabras puedan transmitir tanto incluso sin oírlas, sin entenderlas. Además, hay mucho de Gustavo Rodríguez que se entiende muy bien: “la felicidad es eso que das por descontado”, “la agenda de la anciana era un cementerio encuadernado”. Si además uno los lee en voz alta se empapa de la musicalidad de algunos párrafos:
“Lo hermoso es que, con los años, la ilusión se habrá cumplido: abajo está Sandra jugando a las atrapadas bajo cuatro columnas de madera y follaje, ese vestido celeste que le regaló su abuela y los zapatos de charol que él le compró en un viaje. “
Y cuando uno se ve ganado por el lenguaje y el cariño que profesa la protagonista a los ancianos, se decepciona por los cuyes, que comienzan siendo anecdóticos y parece que pasan a ser una forma de vida. De pronto da la sensación de que a uno le están colocando ideas muy discutibles de matute entre la poesía de la prosa y lo sentido de los personajes. Y no me molesta porque tenga una opinión diferente de la que se expone en el libro, que no sé si la tengo, si no por lo que tiene de manipulación.
Pero no es exactamente así, aunque algo de ello hay, y la novela avanza recuperando su fuerza por sí misma, sin demasiado adoctrinamiento o no mucho más que el de la contraportada que usa “pecado” por malo y “fallecido” por muerto (como mínimo).
Hay bastante de idealización en toda la novela. Arrugas era mucho más realista al tratar con cariño a los ancianos de una residencia pero sin escamotear sus defectos. Pero también hay realismo en esa rabia que esconde la culpa de quien abandona a sus, antaño, seres queridos. En definitiva, una buena novela, algo utópica, que está bien escrita aunque casi necesite traducción.
(*) Me ha aclarado una peruana que los cuyes (un conejillo de indias) se usaron antaño como forma de cuantificar los trueques, casi a modo de moneda aunque no se usaran animales reales y que hoy ha quedado como una forma genérica de referirse al dinero.
*Novela
