Casas vacías

Brenda Navarro

Guillermo del Campo
Fecha: 27 de junio de 2020
Categoría: Para no levantarte

Sostengo que hay más buenas novelas cortas que largas y ésta es otro ejemplo. Quizá sea que lo bueno, al concentrarse, se saborea mejor. Quizá que no hay cabida para la paja. Casas vacías tiene una estructura muy sencilla de tres partes, cada una dividida en dos a su vez: una en pasado, como un monólogo doliente, y la otra más vívida, más irreflexiva… son dos casas igualmente vacías. Por seis veces te golpea una página diferente del resto y sigues cada capítulo atónito ante una realidad que te impacta de lleno.

Una realidad que sabes que existe, que probablemente conoces de primera mano, pero en la que tal vez no has reparado lo suficiente: la maternidad no sólo es felicidad, es también angustia, dolor o ansiedad. Puede ser deseada y odiada a la vez, con mucha frecuencia es culpable y a veces es injusta. Está llena de amor para quien incluso es poco capaz de corresponderlo y puede ser mezquina en la comparación odiosa.

La novela presenta otras realidades que quizá conoces menos: La desaparición, que puede ser mucho peor que la muerte. O compatible, más bien, porque mueren quienes se agotan en la búsqueda, quienes querrían morir pero temen que vuelva el desaparecido. La violencia, tan presente en demasiados recovecos de demasiadas personas en forma de muertes accidentales, asesinatos, malos tratos, incesto… Puede ser tan natural que hasta llega a aceptarse como el pago por algo, una realidad con la que se puede convivir porque explica otras muchas realidades.

En Casas vacías las mujeres son las protagonistas, madres, suegras, abuelas, niñas… incluso aunque las principales carezcan de nombre. Quizá eso y el que la terrible realidad se produzca a caballo entre Méjico y España hace el relato sea más cercano: identificamos a esas mujeres anónimas en entornos conocidos. No necesitan nombre porque su vida se concentra en esa maternidad universal de la que, en cambio, los hombres permanecen ajenos. Ellos apenas habitan en las casas de sus parejas y también las dejan vacías.

De todas maneras esas casas nunca estuvieron siquiera medio llenas en el mejor de sus momentos. Es evidente que con la falta de compromiso y de verdadero amor, de ése que se trabaja día a día, difícilmente podía llenarse nada. Sin llegar a perder a un hijo, se construyen demasiadas casas con nada dentro más que una libertad individual mal entendida. Lo cierto es que no bastan las paredes para tener un hogar y que la libertad está mucho más en poder elegir en qué comprometerse que en la falta de ataduras.

De todo lo anterior podría desprenderse que estamos ante un dramón, y siéndolo en el fondo, se aleja de ello por la forma de contarlo. Brenda Navarro es tan directa, tan oral, tan cercana que sucede al revés. Se lee con interés pero sin miedo. Es verdad que un español se pierde muchas de las expresiones mejicanas pero los sentimientos se trasmiten con tal profundidad y a la vez con tanta naturalidad que carece de importancia. Y, a cambio, compensa aprender lo que es una “zotehuela”, comparar con “ponerse de puntitas”, o comprender lo que debe ser “ponerse al tú a tú”. Es el lenguaje lo que permite a la autora contar algo tan difícil, hacerlo tan real y sin embargo no caer en el melodrama o en la truculencia. Ella cuenta algo terrible pero hermoso, como somos las personas o como es la vida. El “ore, ore” de Leonel, duele. El “mamá” de Nagore, duele más. Pero encontrar una forma tan sutil de expresar tanto y tan bien es una delicia.

*Novela de intriga

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