Comienza muy inconexa, con unas dedicatorias casi surrealistas, a medio camino entre unas memorias y una novela… pero poco a poco va perfilándose una cierta historia coherente con aire casi de crónica que tiene su gracia.
Tiene su gracia ese sueño perseguido que comienza en un mosaico imaginado, sigue con Ava Gardner y acaba con algo mucho más real. Tiene también su gracia cómo Manuel VIcent ambienta la historia en el Madrid de los cincuenta que nos permite, a los que ya tenemos una edad, reconocer los tonos morados de las velas de Sorolla, el crujiente pastizal del serrín en el piso de los bares, calles, cuevas, cafés… Para quien ha llegado a vivir todo eso la novela se hace entrañable aunque caiga en pequeños errores propios, supongo, de quien no vivió Madrid desde niño (como que Lardhy tiene una fuente o tachar de bocacalle a Marqués de Urquijo).
La historia sin embargo pierde la gracia cuando su parte más importante resulta tan impostada: una cuarta parte del libro dedicado a unas torturas franquistas por no llevar encima la documentación… más parece el peaje que hoy hay que pagar por escribir sobre esos años que algo verosímil. Porque entonces era muy común encontrar bares llenos de serrín y las cuevas de Sésamo estaban llenas de inscripciones, sí. Pero torturas por motivo tan nimio, aun si sucedió en algún caso, no pasa de anecdótico. Y en la novela, aunque ocupe tantas páginas, tampoco pasa de ahí. Al leer La colmena uno siente la opresión de la época pero aquí lo de la DGT no aporta casi nada. En este sentido, cuando el autor critica a Hemingway, cae en su mismo error: los topicazos que también critica mucho Almudena Grandes pero con más fuste.
De todas maneras no es por la historia por lo que la novela me ha gustado. Creo que cito al autor al decir que un buen escritor no lo es tanto por lo que dice sino por lo que es capaz de sugerir. Difícilmente puedo estar más de acuerdo: la imagen del chico buscando entre los escombros y que sigue buscando en la noche madrileña no puede ser más sugerente y la novela tiene muchas más. Sus críticas a intelectuales son divertidas y me recuerdan a las de mi abuela sobre Alberti, Lorca o Bergamín. Son críticas de alguien que sabe y que se atreve a tratar con familiaridad lo que conoce.
Ava en la noche es una novela corta a la que además creo que sobran cincuenta páginas (que tampoco es que molesten). Pero las que quedan son tan agradables que me han llevado a interesarme más por este autor.
*Novela literaria
