Me gusta este tipo de novela en la que sobre algunos, pocos, datos históricos, se recrea el resto de lo que se desconoce y completa los huecos que nos gustaría conocer. A lo que podría ser una novela más le añade ese punto de realidad que la hace más atractiva y con la que nos hacemos la ilusión de que satisfacemos nuestra curiosidad. Es como esos ¿Y si…? con los que a veces nos entretenemos cuando repasamos la Historia. Como, además, Maggie O’Farrell, emplea una prosa agradable, fácil, directa y sencilla y como lo que cuenta es muy sugerente, resulta una novela estupenda, la verdad.
Shakespeare, aunque no se nombre en ningún momento, aparece como una persona inquieta en un entorno hostil que le habría impedido convertirse en el escritor. Pero su mujer, de forma un poco instintiva, le empuja a que sea feliz. Agnes recuerda en muchas cosas a la Chris de Canción del ocaso. Ambas tienen mucha fuerza. Son de esas esposas difíciles que sólo pueden ser apreciadas por hombres que también merezcan la pena. Mujeres que son capaces de mantener el difícil equilibrio entre lo que son y lo que sus sociedades esperan que sean. Aunque comprenden que están por encima de lo que las rodea, no lo rechazan de plano sino que buscan la forma de adaptar una parte, de perdonar, de convivir, y de transformar algo para hacerse un hueco donde ser felices. No son revolucionarias… pero dan lugar a milagros como Shakespeare.
A lo largo del libro también se cuenta la difícil convivencia impuesta por la época a hermanos, cuñados, suegros… y cómo resolvían problemas que nosotros ya no sabríamos. Alternando dos momentos, la primera juventud y la madurez, nos va contando cómo era esa vida, siempre con el aliciente de que sabemos que tienen que pasar cosas aunque al principio parezca inverosímil. Desde la primera página la lectura es muy agradable pero creo que la certeza de que va a haber algo más es un aliciente. Y uno no se verá defraudado en absoluto. Disfrutarás de la vida y llorarás con la muerte. No recuerdo haber leído una tragedia tan bien tratada. No quita un ápice de dolor pero a la vez resulta dulce. Hay una desesperación en Agnes que no impide que se dignifique con la serenidad. Lamentarás lo que sucede pero acabarás sonriendo al cerrar el libro.
Me gusta también que refleje una sociedad que aceptaba lo sobrenatural como algo más. Algo que no comprendía pero cuya existencia no negaba. Ahora, tan sabios, nos creemos que podemos domeñar la naturaleza a golpe de mascarillas y nos esforzamos en ningunear la belleza sólo porque no somos capaces de medirla.
Hay dos cosas más que merece la pena reseñar: una carta muy honesta de la autora poniendo en claro qué hay de cierto y qué de novelado y otra, una magnífica traducción de Concha Cardeñoso. Esto último no debería sorprender en los Libros del Asteroide ya que, al fin y al cabo, encabeza el listado de Mona Montañés relativo a las editoriales que cuidan las traducciones. El empleo de algunas palabras como “zape”, necesariamente tienen que venir de un esfuerzo de la traducción por no perder el espíritu original y acercarlo a la vez al lector español. Un difícil equilibrio del que sólo las buenas traducciones son capaces y que tanto hacen por la literatura.
*Novela literaria
