Tuve la sorpresa de poder conversar telefónicamente con el autor de El límite oscuro, precisamente debido a este blog, y ello me llevó a leerme la que ha sido su segunda novela.
Mucho más cerca de esa tercera novela que de la primera, tiene un comienzo más sosegado que El límite oscuro pero igualmente interesante. Una historia muy bien trabada, con buenos y variados personajes que contrariamente a lo que dice la reseña de la contraportada, lejos de ser contar una acción trepidante desde la primera página se va acelerando progresivamente hasta el final. Quizá hay un mayor esfuerzo que en El Límite oscuro por caracterizar a los personajes, cosa que yo personalmente agradezco. De hecho he disfrutado mucho con la primera mitad y con cómo se va complicando el planteamiento. La narración va avanzando y quizá se atasca un poco en el tercer cuarto echándose de menos algo más de desarrollo en el desenlace. Con todo vuelvo a decir, como en El límite oscuro: es una novela francamente entretenida y su sencillez es una de sus virtudes principales.
Resulta curiosa la capacidad de Félix García Hernán para lograr la imagen de algunos de los personajes vistos desde sí mismos. Hasta las personas peores suelen tener su corazoncito y sus autojustificaciones y eso, aunque no disculpe sus comportamientos, los hace humanos. En Delfines de plata (también en El límite oscuro) algunos de los “malos” presentan muy bien su propia visión de su comportamiento y ello permite entenderles y evita tener que asumir la ficción de la novela como algo impuesto. Desde otro punto de vista, resulta gracioso que en un momento dado le recomienden al director del hotel que se dedique a escribir novelas con las cosas que le suceden a diario.
En la parte menos positiva, creo que hay exceso de corrección: cuesta imaginar a Abdul como negro de tanto como se le pinta “de color”. Y los esfuerzos mentales del comisario para no caer en la homofobia son un tanto excesivos. Sobre todo ante la facilidad con la que la policía ignora tantas garantías ciudadanas. Tanto en El límite oscuro como en Delfines de plata la policía viola los domicilios particulares, las comunicaciones, los ficheros de datos de una manera sistemática. Si la realidad es así, nadie puede estar seguro de que no le entren en su casa con la mejor de las intenciones… o con la peor de las mismas y encontrarse con que le “descubren” un alijo de droga, por ejemplo. Asusta pensarlo, la verdad.
No puedo menos que mencionar un punto claramente negativo achacable, imagino, a la editorial: la calidad de la edición es buena, como en El límite oscuro, pero si en aquél había alguna errata sin importancia, en Delfines de plata hay, erratas aparte, muchas faltas de ortografía que incluso en alguna ocasión dificultan entender lo que se lee.
*Novela de intriga
