Otro relato no de ficción de este magnífico autor. Con independencia de consideraciones morales o de otra índole, tiene un estilo directo, sencillo y claro que es difícil de igualar. Crónicas aparentemente asépticas entre las que se deja caer como persona implicada y sorprende exhibiendo un egoísmo que a la vez resulta muy humano.
Las vidas ajenas son fundamentalmente las muertes de dos Juliettes, ambas en circunstancias difíciles de asumir por sus más allegados, y las de esas personas que les rodeaban. El punto de vista es extraño a ellas pero a través del interés del autor por entender los sentimientos se hace cercano. Él mismo ofrece algunos reflejos de su vida a lo largo del libro que le acercan más. En Una novela rusa, Enmanuel Carrère se erigía en centro y protagonista principal; aquí sólo se identifica un poco con el resto de las personas sobre las que trata. Pero tras las andanzas rusas resulta reconfortante, creo que vale la pena leer ambos libros en ese orden. Hablan del amor con sencillez, sin absolutos, con tranquilidad, de lo más superficial a lo más profundo. Incluso hablan del afecto, una palabra que, como bien explica, quizá no siempre percibimos bien en todo su alcance.
La muerte de una de las Juliettes no me resulta nada ajena: cuñada con hijas que muere joven por un cáncer de mama que le afecta principalmente a los pulmones. Qué difícil es saber dónde estar en cada caso, como dice Etienne, como marido, como cuñado, como padre… Uno se esfuerza en lo accesorio, conducir bien, recoger a los niños, ya que a lo importante no se puede llegar, lo sé bien.
Me interesó mucho la historia de Etienne, un amigo para el que no hay sustituto: alguien con el que poder expresarse sin las obligaciones que conlleva una pareja de la que se ha de cuidar, a la que hay que proteger, con la que hay que contar, en la que uno se apoya para lo verdaderamente importante. La amistad tiene eso, que por su misma libertad permite una comunicación diferente. No es la más importante pero cuando se tiene y se pierde, se echa de menos. Especialmente las amistades de diferente sexo, tan infrecuentes y que tan difícil cabida tienen en nuestra sociedad. Dichoso Patrice, dichosa Nathalie o dichosa Lasus, capaces de ver la bondad y superar sus miedos. Querer al otro es querer aquello que le ayuda aunque parezca que no te incluye. Además, apreciar ese valor de forma desinteresada es la mejor manera de resultar beneficiado. Lástima que haya tanto miedo a perder lo que en realidad quizá ni tienen.
La sensibilidad de Carrere le permite trasladarnos muchos pensamientos atractivos al hilo de lo que le sugieren sus interlocutores: Siempre nos complace que las personas que nos quieren señalen nuestros defectos como razones adicionales para querernos. El código penal impide que los pobres roben a los ricos y el código civil impide que los ricos roben a los pobres. Una expresión al entrar en el teatro en brazos que no es sólo feliz sino orgullosa…
Y con tanto para pensar, uno cierra el libro contento.
*Sucedido
