Me interesé por el libro al hilo de las reflexiones que hacían algunos de los personajes de De vidas ajenas. Dos jueces que habían intentado mirar los problemas desde el punto de vista de los deudores. Eso de que el código civil pretende evitar que los ricos roben a los pobres y que resulta tan de actualidad.
He de reconocer que entiendo poco a Maurizio Lazzarato. Quizá no estoy suficientemente introducido en el tema pero creo que también se añaden dos cosas: un apasionamiento-enfado en la exposición, que la hace un tanto brusca y necesitada de explicaciones más compasivas con los ignorantes y un lenguaje deliberadamente confuso que esconde el vacío típico de los propagandistas. El “atroz” comportamiento que achaca a los neoliberales recuerda al que se atribuye a los protestantes en Imperofobia (o a su autora en Imperofilia). Ni las fobias ni las filias son buenas para explicarse. Y a eso añádanse párrafos como el que sigue para que uno no sepa ni de qué pretenden convencerle:
«La moneda-deuda implica la subjetividad de dos maneras heterogéneas y complementarias: la “sujeción social” alcanza un dominio molar sobre el sujeto por la movilización de su conciencia, su memoria y sus representaciones, en tanto que el “sojuzgamiento maquinal” permite un dominio molecular, infrapersonal y preindividual de la subjetividad, que no pasa por la conciencia reflexiva y sus representaciones ni por el “yo”.
Como desentrañar cosas así se me antoja imposible, prefiero usarlo como pretexto para reflexionar por mi cuenta:
¿Quién es el cliente en un banco? ¿El que compra sus productos financieros o aquél que le provee de dinero para los créditos que vende? En una panadería está claro: el cliente compra el pan y el proveedor suministra harina para hacer el pan. El trato dispensado a cada uno por la panadería es diferente como también sucede en el banco… pero al revés. ¿Por qué?
¿Es bueno que una actividad obtenga beneficios también de sus errores? Eso sucede con todos los teléfonos 902 que se usan para las reclamaciones. Pero también con las financieras y seguros afines a los bancos.
¿La sustitución de parte del salario por pago en especie a través de seguros, facilidad de créditos, etc. es una mejora o una manera de garantizar que ese asalariado esté en deuda de por vida? ¿Quién es más libre, aquél que alquila su vivienda con lo que gana de su trabajo o el que la compra con su trabajo futuro por muchas facilidades que le concedan? Pese a que quien compra se ata bastante (a unos vecinos, a un barrio, a un banco, a un trabajo) lo cierto es que la legislación favorece mucho más la compra que el alquiler.
¿Se puede hablar de la economía financiera en los mismos términos que se habla de la tradicional? En el paso del trueque al dinero aparece algo artificial que es la moneda. Tiene vida propia y va adquiriendo su propio valor que hace que se vendan dólares o se compren euros. Hoy la moneda está despareciendo y el nuevo artificio son apuntes contables. (Aunque una transferencia bancaria sigue requiriendo un tiempo absurdo, como si aún se estuvieran trasladando sacas de dinero físico de un sitio a otro). Ahora se negocia con la misma deuda en forma de títulos y, cuando son “tóxicos” originan crisis bancarias que debemos pagar entre todos.
El autor señala algunos de estos problemas como, por otra parte es fácil de hacer, y de hecho hacen tan bien los populismos. Lo que no hace es dar soluciones. Sobre todo destaca cómo el fenómeno de la deuda conlleva una moral determinada que afecta en todos los ámbitos de la vida. Ser deudor es algo malo incluso aunque se pague. Por eso el banco invierte las relaciones y a quien le concede un crédito no lo trata como a un cliente. Todos hemos aceptado eso y, nótese, no decimos que se nos «concede» una barra de pan cuando vamos a comprarla como nos dicen con los créditos.
Es cierto que la progresiva virtualidad de la economía hace que se queden obsoletos los valores que eran de aplicación en la economía de andar por casa. No puede ser lo mismo deberle al tendero la carne de la semana hasta poder pagarle el viernes que deber el techo de los próximos veinte años a un grupo empresarial situado a miles de kilómetros. Y puesto que el mundo parece avanzar sobre los raíles de la economía global y virtual, más valdría que mejoráramos nuestra cultura económica y por lo menos comenzáramos por llamar a las cosas como se debe y no como nos venden machaconamente: la mayoría somos cualquier cosa menos «clientes» de un banco.
Pero todo esto son más reflexiones mías que lo que pone en el libro.
*Pensamiento
