Encadené esta relectura al hilo de la anterior de Entrelíneas, que me la recordó. Además, la portada no podía ser más adecuada a la ocasión. Un librito corto que se lee en una tarde de hamaca.
Marcel Proust pretende ir más allá de la lectura sencilla y tratar de aspectos más elevados en lo que, por lo visto, era una pugna dialéctica del momento. Para ello usa frases larguísimas que no resultan fáciles de leer pero en cambio describe mucho mejor eso que querría trascender: el placer que rodea a la lectura y que expone en las primeras páginas aunque se le nota en todas ellas. Cuenta mi alegría al saber que podía arrinconarme en el suelo, ajeno a todo, para sumergirme en un libro, mi dicha al madrugar en Domingo para permanecer en la cama leyendo un rato antes de levantarme, el susurrar de la brisa en un jardín que me trae las voces de los que me buscan mientras sigo la lectura seguro de mi escondite, la tensión de la lectura nocturna, prohibida, a la incierta luz de una linterna sin pilas (incluso una calculadora antigua con ochos encendidos). El alivio al acabar por fin el libro y salir del calor asfixiante de debajo de las sábanas. La desazón de que se te quede corto el libro y querer tres o cuatro epílogos que lo completen o las prisas por intercambiarlo a tiempo con tu compadre de biblioteca. Yo creo que es de eso de lo que trata Proust, y lo trata bien, aunque pretenda más.
*Pensamiento
