Los mitos del 18 de julio

Francisco Sánchez

Guillermo del Campo
Fecha: 15 de agosto de 2019
Categoría: Pretextos

Un libro a la contra suele ser mal planteamiento. Dejar de lado la historia y limitarse a rebatir lo que dice el contrario tenía sentido en 1975, cuando se abría la posibilidad de rebatir un discurso hasta entonces unilateral. Negar a estas alturas lo glorioso del movimiento o lo escaso del apoyo italiano está más que superado y es para consumo de quienes siguen buscando enemigos en la guerra civil. ¿Por qué en 1985, 90 años después de la guerra de Cuba, no se abrió un debate acerca de lo que hizo el almirante Cervera? Porque se intenta reproducir el enfrentamiento, potenciar los extremos. Se trata de evitar que los votos provengan del debate sosegado de las cuestiones verdaderamente actuales y lograr que salgan de lo visceral, de los forofos. (Inciso, creo que este revisionismo ridículo acaba de quitar una calle al Almirante Cervera sin saber que era un héroe cuarenta años anterior a Franco. Pero lo peor no es la ignorancia sino el hecho de que, para taparla, se haya aducido que hubo un barco franquista que tomó su nombre. ¿Tendrán que cambiar también el nombre del archipiélago balear por el crucero Baleares? Esto está desbocado).

El problema es partir de la demolición de esos manidos mitos para crear otra mitología equivalente: el golpe militar del 36 fue extranjero porque tuvo apoyo italiano, por ejemplo. Se abandona la historia y se entra en la propaganda. O en el sensacionalismo, porque escribir 600 páginas para demostrar el asesinato del general Balmes en Las Palmas en Julio del 36 ponen a Viñas al nivel de Pérez Abellán. No tanto porque las hipótesis sean ciertas o falsas como porque no se prueban en absoluto ni tienen apenas valor histórico alguno. De Franco y de Prim tenemos datos sobrados como para que una muy discutible teoría revestida de medicina forense sea mínimamente relevante.

Francisco Sánchez encabeza la descalificación de historiadores (a Del Rey y Payne principalmente, pero también a Thomas, a Jackson, y a otros más que no he leído) porque no valoran en la justa medida, a su juicio, los hechos y circunstancias. Se califica de disparate decir que Casares fuera el último jefe de gobierno de la República (Nota 25 de ¿Una guerra realmente inevitable?) para decir unas notas más adelante que la guerra duró más de 30 años. Naturalmente que, según se mire, con Casares se acabó la II República y los asesinatos que vinieron después no se le deben achacar a ella sino a la propia guerra. Y naturalmente que para mucha gente las consecuencias de la guerra se sufrieron muchos años más tarde de 1939. Son afirmaciones generalistas que encierran una opinión con la que se puede estar más o menos de acuerdo y que, en ambos casos, se alejan de los hechos estrictamente históricos. Pero eso no las convierte en un disparate y menos si a continuación de la denuncia de uno se incurre en otro mayor.

La tesis, o antitesis, del libro es, pues, sustituir unos mitos por otros y para ello, más que datos, usa la dialéctica. Mediante profundas reflexiones semánticas acerca del alcance de las palabras democracia y revolución concluye que la guerra se preparó a conciencia por quienes la querían, fundamentalmente Franco, y se inventaron excusas a posteriori dado que:
-No existía peligro de revolución socialista al estilo de la URSS.
-La violencia callejera era la propia de la época.
-No había razones morales tales como fraude electoral o sectarismo.

¿Quién duda hoy de que se preparó un golpe, ya desde 1932 como mínimo, si Sanjurjo estaba exiliado por ello? ¿Y de que las dictaduras fascistas eran una referencia? Sólo lo dudan los equivalentes al autor pero del otro bando, no la gente seria y mucho menos los historiadores. El fascismo era una de las modas de entonces y buscaba extenderse. Pero, de la misma manera, el peligro de caer en la otra moda también expansionista, la del comunismo de la URSS, era igualmente palpable. Aunque se quiera restar importancia a los discursos políticos y criticar a Palabras como puños de Fernando del Rey, es absurda la comparación que propone entre las palabras de Largo Caballero y un alcalde de 2012. Sólo serían comparables si el alcalde de 2012 hubiera sido Tejero, porque Largo Caballero, máximo dirigente del PSOE de entonces, había encabezado la revolución socialista de 1934 contra la república. El temor al Lenin español era real y fundado.

Como tampoco es comparable la violencia de los cinco meses de frente popular con la del terrorismo de la transición: no sólo los entornos y los miedos eran muy diferentes, es que en el peor de los años de plomo de la transición no se alcanzó por mes ni la décima parte de muertos que en esos cinco meses de 1936. (Y los datos son los del propio libro supuestamente mitófóbico).

Efectivamente, en la época, el sectarismo imperante llevaba a fraudes electorales y de toda índole que no pueden juzgarse con los mismos criterios de hoy. Pero no por eso dejan de ser abusos como se ve perfectamente en Paisanos en lucha, un minucioso trabajo muy localizado de uno de los autores denostados aquí (aunque está prologado por una ministra de cultura del PSOE y un alcalde del mismo partido) que exhibe más allá de toda duda el sectarismo y totalitarismo de la política municipal de la época en unos pocos pueblos en donde no había lugar para cualquier postura moderada, fuera de izquierdas o de derechas. Esos fraudes y abusos nada tienen que ver con los que puede haber hoy simplemente porque en 1936, había importantes minorías dispuestas a todo con tal de acabar con los enemigos (entre los que contaban a la mayoría republicana y demócrata). Hoy también existen esas minorías pero son muy exiguas, gracias a Dios.

Otra vez tomando los datos del propio libro, un 47% de voto de izquierdas frente a un 46% de votos de la derecha de ninguna manera puede llamarse una victoria holgada ni justificar una mayoría aplastante (en sentido literal).

La II República nació sectaria por muchas razones y desde los dos extremos. Su constitución no fue en absoluto hija del consenso y la legislación electoral habría requerido de más voluntad integradora. Una legislación electoral sólo es buena si se acompaña de la voluntad de sus políticos. La de la República funciona hoy en otros países. La de la transición, contraria, ha funcionado aquí hasta hace un par de años. La destitución de Alcalá Zamora fue otro ejemplo de sectarismo y no cabe duda de que todo ello enajenó el apoyo de media España a la otra media.

Al decir de los autores, en 1936 sólo había razones para temer un golpe fascista en España. El socialismo era democrático para los parámetros del momento y revolucionario sólo a efectos dialécticos. Gran Bretaña, al no confiar en la república tras el 18 de Julio también se dejó engañar acerca del peligro socialista. Y Francia, pese a tener un gobierno muy de izquierdas, también se dejó engañar, qué cosas. Y Estados Unidos… Vamos que todo el mundo estaba en un error porque como la revolución del PSOE de 1934 ya había pasado y la invasión de la URSS a Polonia y Finlandia al empezar la II Guerra Mundial se producirían después, en 1939, realmente en 1936 no debería haber habido motivo de sospecha, los temores de tantos países eran exagerados y el mundo se dejó engañar por los titulares de los periódicos españoles. Es realmente para nota, vamos.

Yo creo que el fin de la República lo procuraron los dos extremos que entonces imperaban por Europa y que captaban el interés de demasiada gente. El miedo de unos a los otros (en 1934 al fascismo y en 1936 al socialismo) provocó revoluciones y contrarrevoluciones. Y así lo han visto numerosos historiadores extranjeros aunque tampoco merezcan el menor crédito en este libro. Disertar acerca de si el huevo o la gallina no es historia, es perder el tiempo. Calificar de homicidio (técnicamente) el asesinato de Calvo Sotelo a manos de policías para negarle así un papel importante en el convencimiento de tantos de que no tenían cabida en la España de los otros es ridículo, como todo el libro y sus autores.

*Historia

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