Lázár es el apellido familiar de una larga estirpe húngara de la que el libro nos contará lo que rodea a Lajos von Lázár, su padre, Sandor, y su hijo apodado Pista. Naturalmente tendrá que ramificarse por otros personajes que a su vez giran en torno a los tres principales porque mas que una historia de acontecimientos es una especie de álbum familiar. Cuando uno acaba el libro y rememora lo leído tiene la sensación de haber estado viendo fotos mientras alguien le contaba algún rasgo principal de cada retratado. No se profundiza demasiado, más bien se destaca algo significativo: ésta era una mentirosa profesional, cómo Landero, aquél hablaba con las sombras… pero precisamente así cautiva al lector. Como de pasada, con el telón de fondo de la primera guerra mundial, la segunda, el comunismo, la revolución de 1956, cada personaje se presenta con algún rasgo extraordinario, a veces como de pasada, en algunos que apenas han aparecido en uno o dos párrafos. Por ejemplo, el señor Telkes es el padre de Matilda, un amor de la infancia de Pista que dio para un paseo por un parque y una década de recuerdos. La señora Telkes se opuso con firmeza a los primeros escarceos amorosos de Matilda y luego la guerra hizo su trabajo. El matrimonio Telkes es irrelevante a lo largo de la saga y lo único que sabemos de él se cuenta en pocas líneas… pero que como la mayoría en Lázár, te hacen desear un poco más:
El señor Telkes sólo había llevado la contraria a su mujer en una ocasión, quince años atrás, cuando dijo que no estaba preparado para ser padre. ─Sí que lo estás le había dicho la señora Telkes─ y, cuando él negó con la cabeza, ella, con su abrigo de piel ─y nada más─ se presentó en casa del mejor amigo de su marido y llamó al timbre.
No son grandes personajes, de hecho alguno dice haber sobrevivido gracias a su extraordinaria cobardía, pero todos te fascinan y como Biedermann parece saber exactamente cuándo debe dar explicaciones y cuándo dejarte solo con una escena para que tú termines de construirla, o qué necesita un detalle más, bastantes páginas más adelante, para que te fijes, el libro se lee casi del tirón y hasta con miedo a pasar algo por alto.
Lo anterior no impide que, además, haya descripciones muy intensas de algunos pasajes pues el despertar de Ilona en Hévic resulta maravilloso: comienza con el zumbido de una abeja y arrebujada en la pereza de las mantas va escuchando los ruidos de la calle, los coches, los cascos de caballos, las voces de los fruteros… hasta levantarse. Mucho vital que Ana de Ozores, que sentía el día en el melancólico regalo que su mismo lecho, tantas veces aborrecido, le prestaba.
Magnífico libro al que creo que sólo le ha faltado centrarse en una historia para convertirse en una novela memorable. Eso y, tal vez, no haberse dejado llevar en alguna ocasión por lo que yo llamaría la moda de los olores extravagantes: A Tolstoi le bastaba evocar el humo y la pólvora en las escenas bélicas; a Delibes, la hierba y la tierra húmeda. Y si se centraba en Daniel el Mochuelo, la cuajada y el requesón. No sé por qué ahora hace falta una enumeración de plátanos enfermos, excrementos de ratón, trapos viejos, nieve (¿a qué olerá la nieve entre todas esas asquerosidades?) que si ya son difíciles de identificar con exactitud, aún más reconocer su mezcla. Pero soy injusto con Biedermann porque él hace poco esto que digo. En realidad estoy haciendo pagar a este joven escritor por lo que otros anteriores a él vienen haciendo en exceso.
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Traducción: Alberto Gordo
Más allá de la profusión de tildes que desde el mismo titulo se observa y que resulta algo molesta al principio, la traducción me ha parecido estupenda pero me topé con algo que me dio para reflexionar.
Como ya he dicho, Biedermann deja algunos cabos sueltos para que sea el lector quien los anude… si puede. En un momento dado, cuando comienza la segunda guerra mundial, aparece una frase extraña que uno se toma como una imagen de la catástrofe: aquel año los manzanos estaban muy cargados de peras. (Pag. 152). Muchas páginas después (pág.189) rememorando el acontecimiento, se menciona que tres palabras bastaron para cambiarlo todo. Uno tampoco sabe muy bien a qué tres palabras se refiere pero poco después Lajos concluye que no tiene sentido pensar en el futuro si bastaban tres palabras para que las manzanas se convirtiesen en peras. Es ahora, cuando el autor nos lo confirma, cuando comprobamos que intuimos con acierto el significado de aquellos manzanos. Como alguna vez he dicho, nos gusta sentirnos listos y ser capaces de resolver los acertijos que un libro nos plantea (a veces incluso nos metemos a resolver aquellos que no nos plantea y en los que el autor ni remotamente había pensado) y si además lo vemos confirmado, mucho mejor.
Sin embargo… hay un fleco por ahí, esas “tres palabras”, que uno no sabe muy bien cuáles son. Como las supone ligadas a lo de los manzanos-perales que las sufrieron, uno vuelve atrás, los localiza y busca las tres palabras que los han producido deduciendo que quizá se refieran a las de “¡Es la guerra!” con las que Lajos anuncia a su mujer el acontecimiento. Son tres, sí, pero están unos cuantos párrafos antes de lo de los manzanos-perales. Esta vez Biedermann no los ha puesto más difícil aún.
Pensando en algún error de traducción acudí al texto en inglés (no sé alemán, que creo que es la lengua original del libro) y allí el enigma aparece resuelto. El traductor también menciona las two words en un primer momento (en inglés “It´s war!” suena como dos palabras) pero después cambia y desvela el enigma: evita insistir en que bastaban tres palabras (que ignoramos) para que las manzanas se convirtiesen en pera y en inglés las especifica: when the words “it´s war!” were enough to turn apples into pears.
No sé lo que pondría en el original en alemán pero me inclino a pensar que mientras el traductor al español fue fiel al texto, el traductor al inglés optó por facilitar las cosas aportando la solución al final. ¿Quién lo hizo mejor? Aunque soy muy partidario de que los traductores asuman la responsabilidad de lograr un texto comprensible en el idioma al que traducen por encima de una fidelidad absurda al original, en este caso creo que acierta Alberto Gordo. Está claro que Biedermann quería complicarnos las cosas y como traductor lo ha respetado. Creo que el traductor al inglés se ha excedido porque su aclaración no es necesaria ni por la traducción, ni por el idioma ni por la cultura. Todo eso hace necesario cambiar, sí, que son dos y no tres las palabras que desencadenan esos fenómenos, (en alemán “Est is krieg!” también son tres palabras) pero no el desvelar el acertijo, que es cosecha innecesaria del traductor. Y no porque nos crea tontos, que a mí también me ha parecido demasiado rebuscado, sino por respeto a la intención del escritor, por equivocada que pueda ser. No hay ninguna razón para que ese acertijo resulte más comprensible en alemán que en español y, por tanto, yo creo que debió dejarlo como estaba por críptico que le resultara.
Hay que ver las tonterías con las que uno se complica…
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*Novela
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