Reseña, La rebelión de los catalanes, John Elliott

La rebelión de los catalanes

John Elliott

Guillermo del Campo
Fecha: 18 de julio de 2026
Categoría: Historia y política

Como ya indica el título, se trata de la relación de sucesos que culminaron en aquel annus horribilis de 1640 y que terminaría poco después con la independencia de Portugal, la de Holanda y con la reintegración de Cataluña a España que había pretendido unirse a Francia. El libro se centra en Cataluña y en los años anteriores a 1640, echándose de menos que hubiera continuado hasta el Tratado de los Pirineos, porque sólo aborda la primera parte del conflicto, las desavenencias de Cataluña con el resto de España, y no cómo, transcurrida una década bajo la monarquía francesa, los catalanes prefirieron volver a donde estaban. Hicieron bien pues no hay más que ver la catalanidad del Rosellón y de la parte de la Cerdaña que quedó en poder de Francia para apreciar que Cataluña tiene una personalidad mucho más diferenciada dentro de España que la que ha alcanzado en el país vecino, en donde sólo se habla y rotula en francés. Lo que era tolerable en los albores del estado moderno, y se ha mantenido parcialmente como una reliquia de aquella época, era ya completamente inaceptable para la Francia del XVII. Es como lo que sucede con la fiscalidad vasca, que era una particularidad en el SXIX y hoy es algo completamente anacrónico.

La rebelión de los catalanes es un libro extenso, de letra menuda y muy prolijo. Quizá de más, pero no por eso menos interesante. Elliott enmarca el conflicto dentro de un contexto social, común en la Europa de entonces, más que en uno nacionalista. Se trataba de un problema de privilegios nobiliarios y de bandolerismo y contrabando propios de una región fronteriza, atrasada y de escasa entidad para el conjunto de la monarquía española. Los desencuentros fueron enconándose hasta que, aprovechando la guerra con Francia y la miseria de los segadores, una élite probó a imitar a Holanda y a Portugal sin darse cuenta de que carecían de la entidad suficiente para ello, incluso a costa de autodestruirse.

Como tantas otras veces, unos agitan el árbol y otros recogen las nueces. En medio de las crisis, en Cataluña hay una minoría que trata de arrimar el ascua a su sardina. Buena prueba, a parte de ésta de 1640, es la de la II República, con intentonas en 1931, 1934 y 1936, o la más reciente de 2017. En el SXVII Cataluña tenía un problema de feudalismo trasnochado que unos pocos querían mantener para su beneficio y para el que utilizan al pueblo llano o a los segadores. No les fue fácil a los Reyes Católicos ir desmontando tanto privilegio y sentar las bases del estado moderno, lo mismo que Felipe V en el SXVIII porque siempre hay quien no ve más lejos o quiere mantener sus ventajas. Es el “vivan las caenas” de Fernando VII contra la constitución de Cádiz, los cien mil hijos de S. Luis, el carlismo y todo lo retrógrado de cada época. La Cataluña del SXVII sólo quería participar de los beneficios de la España imperial, tratada en otros libros desde diferentes puntos de vista por el autor en otros libros. Con visión medieval, Barcelona prefería atribuir a la laboriosidad de su puerto los beneficios del paso de mercancías desde el resto de España y Francia. Aún no se había percatado de que el mundo había crecido a la vez que se había acortado y no estaba dispuesta ni a defender su propia ciudad, a diferencia de Aragón, Valencia, Castilla o Perú, que, por ejemplo, participaron por esas fechas en la defensa de Fuenterrabía

Con todo, Elliott recoge dos citas que dan buena medida de lo que sucedía ya en 1640. La primera, cuando el Conde-Duque le escribió al Marqués de Santa Coloma: “Verdaderamente los catalanes han menester ver más mundo” La segunda, cuando los comisionados catalanes se reúnen con los franceses para pasar a formar parte de su país y han de hablar en español, el único idioma común que tenían ambos. Clarís se lamentó de “explicarse en el idioma de una nación por la que sentían tanta aversión”. Todo lo que encierran esas dos citas es cierto: en Cataluña hay un problema de aldeanismo, el español es una lengua mucho más útil que la mayoría, y algunos catalanes han logrado desarrollar una antipatía hacia el resto de España que data de antiguo. Y para esto último, sobran las razones, porque lo sienten así, es parte del problema y arrastran a muchos otros. Clarís pactaba con Francia mientras los segadores marchaban al grito de “Visca el Rei” o de “Visca la Santa Fe Católica i el Rey d`Espanya” pero negar el “España nos roba” tampoco conduce a nada.

Creo que más allá de la realidad racional, hay una emocional que también hay que tener en cuenta. Lo he aprendido con Elliott que no data finales del SXIX sino del SXVII.

 

 

Traducción y lenguaje:

Buena traducción del texto en inglés. Lo que no parece lógico es dejar sin traducir, si quiera al pie, tantísimos textos en catalán.

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*Historia

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