El libro me resultó atractivo nada más ver la portada y la editorial. Luego, al hojearlo, vi un planito muy sugerente de la zona… pero también que el libro trataba de nuestra guerra civil, lo que me dio bastante pereza. Sin embargo, me volvió a interesar en cuanto leí el prefacio del autor y la citas iniciales. Cuando leí el primer capítulo ya no pude parar.
Daniel Uclés inventa una historia con los referidos de su familia y de tantísimas otras sobre la guerra civil, con las leyendas y los costumbres de muchos sitios, y la personifica en los avatares sufridos por una familia. Su narración destaca por dos razones; la primera, más evidente, por que emplea el llamado realismo mágico con una imaginación desbordante a la vez que evocadora que incluso me ha recordado a Rodari, aunque con mucha más enjundia. A mí nunca me ha entusiasmado Cien años de soledad pese a haberlo leído un par de veces y ahora comprendo la razón: los sucesos de García Márquez son historias bonitas que no reconozco; son curiosas, imaginativas, pero que en sí mismas me resultan muy ajenas en tanto que en La península de las casas vacías oigo a mis abuelos, veo el terreno, recuerdo las supersticiones, los sucesos tantas veces leídos en los libros de Historia, los monumentos y, puestos a soñar, hasta el pan de Calatrava! La magia de Uclés tiene referentes claros para cualquier español y mucho más para quien conoce bien nuestra historia contemporánea. Eso la hace aún más emocionante porque uno se siente cómplice del escritor al identificar, con pocos datos, al miliciano de Cerro Muriano o al Robert de Hemingway. Porque, además, el libro parte de lo local y se centra en la Jándula de la esposa de Miguel Hernández pero alcanza a toda España y a toda la guerra con lo que cualquiera se encontrará fácilmente. Uclés sobrevuela los tópicos de la guerra que todo el mundo conoce (Badajoz, Málaga, Toledo, Bilbao, Brunete, Belchite, Teruel, Gandesa, Barcelona, Madrid, Alicante) como quien cuenta cuentos para que sea el lector quien los confronte con lo que ya sabe. En el que me parece uno de los mejores capítulos, en medio de una especie de terremoto que aqueja a Iberia, se seca la Laguna Negra, se quiebra la puerta de la sacristía del Salvador, esconden el acueducto romano piedra a piedra, se hunden tanto la catedral de Hernán Ruiz como el palacio episcopal de Astorga, se desprende Gaztelugache… Y si has estado en esos sitios, si te gustaría que hubieran sucedido algunas de esas cosas, se pasa muy bien.
Bien, pues siendo todo lo anterior muchísimo, lo mejor no es lo que cuenta sino cómo lo hace, que es la segunda y principal razón por la que el libro, lo digo ya, me ha entusiasmado como sólo otro libro de la misma editorial lo ha hecho en los últimos años. Qué gusto deslizarse por frases tan bien compuestas y poder degustar tal cantidad de palabras casi olvidadas: conticinio, guedeja, médano, casapuerta, feble, sotabarba, damajuana, tranco… Palabras que serían perfectamente sustituibles por otras y que se emplean simplemente por el gusto de enriquecer la prosa. Palabras tan bien utilizadas que tampoco complican porque incluso si de desconocen, el contexto permite eludir la consulta al diccionario. “Casapuerta” deja pocas dudas acerca de que se refiere a un zaguán y a mí me trae a la memoria a una señora mayor, que la barría precisamente en Jaén. La mistela podría haber estado en una botella o en una garrafa, pero está mucho, mucho mejor en una “damajuana” como las que aún uso para curar las aceitunas. Por si fuera poco, Uclés también es capaz de inventar o adaptar las palabras a lo que necesita quien las pronuncia pues una cosa es la desgracia y otra muy distinta un “desjraciao”.
Decía antes “deslizarse” por esas frases porque son como pistas de hielo en las que lee uno sin interrupciones, sin volver la vista atrás, sin necesitar aclaraciones, avanzando vertiginosamente al ritmo de una prosa perfecta en una suerte de conversación con el escritor que vuelve a llenar de orgullo al lector porque Uclés se dirige a él en muchas ocasiones, ora con humor socarrón, ora con desnuda sinceridad. Y así, entre unas cosas y otras, compadreando con el escritor, haciéndose cómplice de la narración y de sus acertijos, uno se siente parte del relato y de la Historia a la vez que disfruta de sus preciosas imágenes; como ésas de la mirada que desgasta, la de los entierros de palmas y puños, o la de las chuzas que congelan. Y eso que no he recogido el guante de las citas musicales que incluye el autor porque tenía más que suficiente con la Literatura.
Poner el punto y final a una novela así nunca es fácil pero hasta eso lo hace Uclés de forma magistral. Tanto, que al acabarla uno vuelve a releer un poco el principio… y si me descuido sigo otra vez, como en un bucle. Para los que amamos la relectura, dejar La península de las casas vacías en la biblioteca es una promesa de felicidad.
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*Novela
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PD1. Los forofos, que siempre andan enredando, estarán diciendo si la novela se ha quedado corta con Franco o si ha exagerado a Venancio y a los suyos pero en mi opinión, un libro tan estupendo no merece eso. En todo caso, creo que trata el “conflicto” con una objetividad que si esos forofos no admiten es por lo mismo que tampoco admiten la tarjeta roja a su equipo: les da igual que la mereciera y no les importa si la entrada a la pierna del delantero fue una barbaridad, justo lo que fue nuestra guerra, una barbaridad civil.
Es cierto que el libro tiende de personalizar a hunos y, en cambio, se limita a situar a los hotros, y así pone nombre al carnicerito de Málaga pero no al de Paracuellos, por poner un ejemplo. Y si vamos al detalle, Sanjurjo se estrelló en el despegue, no en el aterrizaje. Suñer no es Súñer, y aunque Uclés no llega a lo de Viñas, apunta maneras con la muerte de Balmes. También me parece contradictoria la estupenda cita de Azaña “paz, piedad, perdón” con el tiempo oficial de deshielo para los dos hijos de Odisto. Pero a la vez me ha encantado leer que Iberia podría ser una solución a los males de España, que José acuse a Jacobo de leer demasiados tebeos y que se debiera haber creado un sindicato para todos los escondidos, fueran de la ideología que fueran. Lo mismo que me encantaron los esfuerzos por que se hundiera una de las torres del Obradoiro.
De todas maneras, ya que estamos sacando defectos, no me resistiré a escribir, por enésima vez, que una estrategia puede hacer agua y fallar, como un bote que embarca agua, que se hundirá en poco tiempo. Pero lo que no pueden esos planes bélicos de ninguna manera, por malo que sea el general que los diseñe, y es hacerse pis. Como yo paso por Úbeda con cierta frecuencia trataré de dejarle una carta para que intente corregir las próximas ediciones porque en público no me atrevería ni un libro tan estupendo lo merecería.
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Lo cierto es que entre la publicación de Cien años de Soledad y la guerra civil colombiana transcurrió un plazo similar al que media entre La península de las casas vacías y la guerra civil española. Ojalá nuestra «foroforía» fuera capaz de poner la misma distancia que los colombianos y no pretenda empañar la Península para seguir capturando votos.
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PD2. En una charla informal de la Librería Popular de Albacete, el autor me aclaró que hubo de cambiar el nombre de la capital de España en los últimos capítulos porque el de toda la vida, acabado en d, lo habrían vendido a los chinos al final de la guerra y ya no se podía usar (como pasa con la estación de «Vodafone Sol» o muchos estadios de fútbol). En ese retablo barroco que es el libro con tantísimas referencias pasadas y presentes, lo de «Madriz» era una más. Yo, a mi vez, le aclaré que el libro que me entusiasmó tanto como éste años atrás, también de Siruela, fue El infinito en un junco.
David Uclés también contó que el capítulo que hay en blanco hace referencia a la censura pero que, ajeno a él, sí omitió otro capítulo por consejo de la editorial (buen consejo, según pude colegir cuando me contó de qué iba).
PD3. Leí el libro mucho antes de que se convirtiera en un éxito y charlé con el autor poco antes de que adquiriera tanta notoriedad. Ahora, más de un año después, lamento esa notoriedad que tanto lo aleja de la Literatura (como ya le sucedió a Grandes) y, en lo político, de toda forma de diálogo (eso creo que nunca le pasó a Grandes).

2 comentarios
Guillermo del Campo
¡Me alegro!
José María Garrido Ortega
Leyendo ‘La península de las casas vacías’ acudo en casi toso los capítulos al diccionario, mediante el ordenador, para profundizar en el significado de palabras en desuso por mí o por desconocerlas. Y al buscar la expresión desjraciao (que sí conocía evidentemente y más siendo andaluz) he llegado a su comentario sobre esta novela. Me ha encantado. Así que trataré de seguirle. Muchas gracias