Es una novela corta en muchos sentidos. De pocas páginas, capítulos y párrafos muy cortos, y con ese dramatismo que se quiere dar a base de frases sentenciosas y renglones sueltos. Ese aire de que ya está todo dicho cuando apenas se ha dicho nada y de sobrentendidos que no se acaban de entender. La contraportada no engaña pues ya anticipa los muchos misterios que se esconden en tan pocas páginas. En realidad no es sino lo que encierra cada vida, cada pueblo, pero que como en Las Inviernas se pinta tan oculto y se van dando pistas como si cada cosa fuera algo terrible, al final se queda en poco.
Cristina Sánchez Andrade intenta trasladar la vida rural gallega de los cincuenta, con las notas obligadas de hoy en día relativas a la guerra civil y a la homosexualidad, pero se queda en asustarnos ya desde el título y poco más. Las Inviernas recuerdan a las Guindillas y la fraga al soto pero poco más. Hay un cierto regodeo en los malos olores, también muy de moda en las novelas actuales, que hasta resulta desagradable. Los orinales y alientos tampoco necesitan descripciones ni tan detalladas ni tan repetidas. Del amigo Pascual o del mismo Azarías y sus manos bien puede asegurarse que no huelen a rosas sin que nos haya tenido que salpicar la espumita de sus orines.
Pero, como tantas veces, la crítica me sale algo más negativa de lo que habría querido. Además, al ser tan cortita la novela, los defectos no le pesan tanto. No me parece tan mala, simplemente una más.
.
.
.
.
.
.
De qué va. (Quizá no quieras leerlo).
Don hermanas vuelven a su pueblo en los cincuenta. No son muy bien recibidas y ellas también esconden sus secretos. Poco a poco va saliendo que asesinaron al marido de una, de que a veces se acuestan juntas, de que su abuelo había comprado las cabezas de muchos de los habitantes del pueblo para diseccionarlos cuando murieran y ahora se han echado atrás y temen que las nietas pretendan cobrarse, que delataron al abuelo en la guerra porque era de izquierdas… Un montón de misterios.
*Novela
