Consecuencia del primer libro que leí de Andrea Marcolongo vino éste, fundamentalmente porque trataba del griego, lengua de la que no sé nada… y que veo que no sabré nunca. El latín lo veo más accesible. El primero me gustó moderadamente y éste me ha gustado menos a pesar de que me ha hecho reflexionar sobre cosas muy interesantes.
El libro tiene un subtítulo, o “entretítulo” ya que está intercalado en el título, de nueve razones para amar el griego que si bien aclaran a qué se refiere con la lengua de los dioses, no aparecen por ninguna parte. (Y mejor así). Si acaso debería poner razones para amar el griego porque la autora ofrece muchas y variadas pero no las enumera con ese carácter de libro de auto ayuda tan feo. Más allá de la pasión que ella siente por las lenguas, el libro va más dirigido a estudiantes italianos, que por lo visto saben mucho griego, y a personas que lo hayan estudiado un poco. Los que lo desconocemos, nos quedamos un poco en ayunas, confundidos por las gracietas de la autora y las batallitas del cole.
Sin embargo La lengua de los dioses refleja el problema de las lenguas de una manera que suele ser difícil de encontrar. Tendemos a pensar, simplificando, que las diferentes lenguas lo son porque lo que una llama «perro», otra lo llama «dog». Se trata de una simplificación bastante aproximada para lenguas cercanas y de la misma época. Simplificación que intuimos que es un poco basta cuando a para lo que unos llaman «to be», otros necesitamos dos verbos diferentes, lo que ya denota que hay más cosas que nos diferencian aunque la simplificación pueda servirnos. Pero esa simplificación empieza a ser motivo de confusión cuando las lenguas se alejan, cambian las épocas, los conceptos, las necesidades… y eso se aprecia en toda su importancia cuando hay una gran diferencia como la que existe entre el griego y las lenguas latinas actuales. Cuestiones tales como que el mar es del color del vino, no tanto porque los griegos no pudieran ver la gama de los azules sino porque la característica del color se consideraba entonces de otra forma, más ligada al brillo o luminosidad que al cromatismo. Y pensando de esa manera se entiende que el mar pueda tener el brillo del vino fuerte griego. Para nosotros la característica fundamental es el «Pantone», pero si piensas de otra manera, si le das al brillo, a las sombras, a la transparencia, más importancia, se entienden las descripciones de Homero. Y lo mismo, cuenta el libro, sucede con el tiempo, con el género, con el número… Los griegos tenían un género dual que se refería a las parejas: uno, pareja, dos, tres… Es otro recurso que nosotros ya no tenemos quizá porque no nos es necesario identificar tanto a las yuntas, ojos, matrimonios, como unidades. La economía del lenguaje avanza imparable y también acabó con el género neutro de las cosas que por lo visto tenían los griegos para aplicarlo a las cosas sin alma. Queda por ver si es posible volver atrás e imponer el vosotros y vosotras (o el autoridades y autoridadas más reciente). No sé, quizá haya sitio para el vosotres pero para la cargante repetición seguro que no (y no digamos para lo de hijos, hijas e hijes).
La lengua viene del pensamiento y pensamos con palabras. De ahí el problema de la traducción, aquí de nuevo magníficamente abordado: traducir no es cambiar las palabras sino sugerir lo mismo… a personas que tal vez no sienten lo mismo y que para hacerlo, necesitan estímulos diferentes. Todo un mundo éste de las lenguas.
Traductores: Teófilo de Lozoya y Juan Rabasseda
*Saber
