La lucha hablada

Egoitz Gago y Jerónimo Ríos

Guillermo del Campo
Fecha: 16 de octubre de 2021
Categoría: Sin categoría

Establecer un límite a partir del cual la violencia es justificable siempre es difícil. ¿En defensa propia? ¿Cuándo no hay otra alternativa? ¿Cuándo el fin es justo? ¿El Empecinado era un guerrillero o un terrorista? ¿Y la resistencia francesa de la IIWW? Pero si establecer un límite claro es difícil, en cambio, situar a la ETA muy alejada de ese límite resulta mucho más fácil… para casi todo el mundo. Sobre todo, porque quizá pueda entenderse un arranque violento en un determinado contexto: ante un atraco, un abuso, pero no hay manera de entenderlo cuando se tata de algo continuado. Quizá pudiera entenderse en los años sesenta (entenderse, no justificarse, tal como explica muy bien el epílogo de Pedro Ibarra). Pero resulta de todo punto inexplicable cuando los asesinatos se prolongan a lo largo de casi cincuenta años en los ochenta, noventa, en el siglo XXI…

Al leer Patria comenté que me habría gustado saber más de  Jose Mari, el etarra, y por eso cogí este libro de entrevistas a gente como él. Leyéndolas ve uno que hay poco que escucharles. Sus razonamientos son absolutamente delirantes. Han creado unos mundos imaginarios desde los que son incapaces hasta de asomarse a la realidad: ETA nunca actuó contra inocentes; las leyes prohíben que los nacionalistas puedan tener mayorías electorales; como cualquiera, yo sé lo que es perder a un ser querido; de ETA no se debe salir nunca; al entrar en ETA sabía que iba a causar mucho daño y, de hecho, no he podido ser padre; toda la violencia es mala, no sólo la de ETA, está también la patriarcal, la migratoria, la laboral…; el Estado español criminalizó injustamente a ETA; la policía es terrorismo de estado; me han caído sesenta años de cárcel por motivos políticos; llevo veinte años en la cárcel porque un único año pertenecí a ETA…  Son nueve entrevistas de este tenor que, evidentemente, demuestran que si alguna vez esta gente tuvo los pies en el suelo, los años de terrorismo y de cárcel les han hecho viajar no ya a la Luna, sino a Marte. Apenas hay diferencias entre las entrevistas,  ¿quizá la séptima es una pizquita más realista? Por suerte, debe haber otra mucha gente más allá de los entrevistados con la que se podrá hablar. Posiblemente alguno de esos arrepentidos a los que los entrevistados desprecian de forma absolutamente unánime, por ejemplo.

Las entrevistas son un tanto hueras porque en ningún momento se pone en evidencia las contradicciones e incoherencias en que caen una y otra vez. Sorprende, por ejemplo, que todos los etarras consideraran impensable que la ETA tuviera algo que ver con el 11-M porque se trataba de un atentado indiscriminado pero parecen haber olvidado Hipercor o las bombas que pusieron en los trenes de cercanías de Chamartín sólo tres meses antes. De hecho, en la mayoría de los casos las contestaciones tienen poco que ver con lo que se les pregunta.

Por lo demás, el libro tiene su interés en una historia breve de la ETA que hace de prólogo y en un epílogo que apunta caminos para avanzar en la integración y la superación de la ruptura. Como bien dice éste, hay que buscar puntos de entendimiento y será el tiempo quien haga lo demás. Por mi parte, reconozco que es absurdo exigir que se pida perdón (y más tras leer a los entrevistados). Se pidió que dejaran de asesinar gente y ya lo han hecho. No vale elevar los requerimientos porque ahora nos sintamos más seguros. Cada uno es libre de pensar como quiera, incluso si uno fue un asesino convencido, y basta conque no presuman de ello ni hagan más daño a quienes les hemos tenido que sufrirlos. Es innecesario pretender que se disculpen, humillen, etc. Eso, si se da, debe ser algo voluntario. También creo que toca tratar a sus presos con normalidad, como presos comunes, con las normas penitenciarias comunes. Esas normas permitirán que cumplan sus condenas en determinadas circunstancias: que se apliquen las que toquen. Y si las normas comunes suponen acercar a los presos a sus casas, adelante. Hay que poner mimbres que puedan recoger en un futuro los frutos del paso del tiempo.

Hay dos aspectos de las entrevistas que me han llamado mucho la atención y que están muy relacionados. Uno, la dialéctica que emplean los etarras: trasnochada y tan rígidamente cargada de eufemismos que es hasta difícil entenderla. Acciones, paradigmas, socialización del sufrimiento, lucha armada… es el lenguaje de los políticos cuando no quieren decir nada aunque creo que, en este caso, más que no querer es un no poder. Suena a religión aprendida y hueca. La otra cuestión llamativa es el fortísimo compromiso que tienen los nueve entrevistados con la extrema izquierda. Se inspiraron en Nicaragua, en Castro… En su mundo Lenin y  Stalin siguen siendo referentes. Allende, en cambio, como alcanzó el poder democráticamente, no les vale. Así resulta que el etarra que no es troskista es comunista libertario… para ellos esos cincuenta años de ETA no han pasado por el mundo y sospecho que en su desconocimiento de lo sucedido en ese periodo, se presentarían voluntarios para custodiar el muro de Berlín.

Con todo, lo peor es que desde Marte sí les ha dado para tomar algo de la terminología actual y así, también hablan del régimen del 78, de la falta de democracia actual en Europa, de que hoy es necesaria la confrontación y no la tolerancia… Me recuerda a una contestación reciente:

– ¿Comunismo o libertad?

– Comunismo, cojones…

Los fanatismos son malos. En los sesenta y ahora.

*Saber

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