Carta blanca es, lo primero, un tebeo muy bonito tanto en su dibujo como en su historia. Es francamente agradable de leer y además tiene su miga. Lógicamente, tampoco todo es perfecto y, diría, que gustándome mucho no ha llegado entusiasmarme.
Jordi Lafebre dibuja estupendamente unos personajes expresivos que cambian mucho con el tiempo manteniendo su personalidad. Les añade detalles de su entorno haciendo viñetas preciosas: la portada reflejada es uno de los muchos ejemplos. Además se esfuerza en emplear recursos expresivos diversos, como cuando une a los dos interlocutores de una conversación telefónica en una única viñeta porque efectivamente su relación es mucho más cercana que la de un simple cable. Textos que monta a caballo de más de una viñeta, reflejos que expresan sueños, capítulos con tonalidades muy diferentes, cosas que ves en el dibujo pero que no te llega ni a contar como el pendiente del protagonista… También es verdad que las nubecitas varias con las que trata de poner en movimiento a los personajes no son tan afortunadas.
La historia no es algo muy especial pero la forma de contarla sí. Son veinte capítulos más bien sueltos que van dando pinceladas de la historia y que se ordenan al revés, comenzando por el vigésimo hasta el primero. A diferencia de Final feliz, en donde se hacía algo parecido, Carta blanca sí engancha aunque conozcamos desde las primeras páginas el final de la historia. Cierto que el autor abandona la coherencia al final y desordena también las últimas páginas para lograr que se lean con avidez (de otro modo le habrían sobrado la mayoría de las del capítulo uno). Y cierto también que se forma un cierto lío que unido a los saltos entre los capítulos hace que nos quedemos con una impresión algo confusa aunque agradable.
Carta blanca tiene mucho de película de Audrey Hepburn. Hay muchos símbolos y metáforas en cada capítulo y algunos muy afortunados: Zeno es como un gato que va a buscar caricias de vez en cuando. Sin embargo, en aspectos importantes para la historia como la física o la construcción de puentes le ha faltado mucho asesoramiento para acertar mínimamente y eso desluce un poco.
Decía que el tebeo es bonito, no tiene malos rollos. Pero lo consigue con trampa porque se centra en los dos protagonistas sin molestarse apenas en abordar la cuestión del tercero. Simplemente obvia esa parte de la realidad que, sin embargo, es absolutamente ineludible para que la historia tenga alguna verosimilitud. Por eso, lo mejor de Carta blanca no es el título, bastante falso, sino la amistad que se desgrana a partir de los diecinueve capítulos que van tras el vigésimo. Esa amistad sí merece la pena y podría ser real. O debería poder serlo. Tal vez sea utópica pues es cierto que hasta los que se tienen por más avanzados y «progres», en la práctica tampoco la admitirían, pero para eso está la literatura: para reflejar lo que debería poder ser aunque no tengamos valor para llevarlo a la práctica. En esas escenas de sofá y discos el tebeo brilla.
*Tebeo
