Desde luego uno no coge este libro por la portada; más parece de autoayuda que una novela. Tampoco por leer la contraportada y mucho menos por lo que pone en la faja desplegable, y espantosa, que tiene. Puede uno animarse al saber el autor, que al parecer se consideró de culto en su momento aunque el tema del bombardeo de Dresde tampoco creo que levante pasiones.
Yo diría que Kurt Vonnegut sabe escribir porque a pesar de todo, me he leído el libro sin mucho problema (cierto que es cortito) pero que malbarata su talento con una pretendida espontaneidad de escaso valor. Estuvo de moda eso del artista que se dejaba llevar, que se basaba en la inspiración arrolladora de un momento más que en el trabajo constante. Y con esa forma de “crear”, y el corifeo político-intelectual correspondiente, se decían alcanzar grandes cimas de la expresión artística. Pero dudo de que esas cimas sean recordadas dentro de cincuenta años aunque sean cumbres del antibelicismo o del “Nuclear, no gracias”. No son más que titulares y, como tales efímeros. Y las montañas escaladas, meras colinitas que con el tiempo quedan ridículas con las banderas allí plantadas.
No sé si éste será exactamente el caso de Matadero cinco porque algo más tiene. Lo de las guapas a las que apetece hacerles niños o de las abducciones espaciotemporales tiene su gracia. Pero la verdad es que no cuenta nada interesante ni desde el punto de vista histórico ni desde el punto de vista literario. Lo que pueda tener de interesante lo ha de poner el lector por su cuenta para poder decir luego que ha sido esta obra maestra quien se lo ha extraído de muy dentro. El lector alcanza esas cumbres gloriosas a las que estaba llamado… en la cinta del gimnasio.
El título es un ejemplo más de cómo la espontaneidad por sí misma suele ser una estupidez. Se llama Matadero cinco como podía ser Piscifactoría B porque es simplemente del nombre del alojamiento de los prisioneros. (Ah, ya, que lo de matadero entra en relación con el bombardeo, claro. No lo había pensado, perdón. Es que soy poco sensible ante el verdadero Arte. Preguntaría por el cinco pero no quiero caer más bajo…).
No digamos lo de La cruzada de los niños que, convenientemente explicado en el libro, aún resulta más patético. Si llega a tener la radio encendida en el momento de inspiración el subtítulo bien habría podido ser Carrusel deportivo.
No sé, me siento un poco como gritando que el emperador está desnudo y reconozco que desnudo, desnudo, no está. Pero, vamos, que tampoco lleva más que un taparrabos y la boina del Che.
Por cierto, tuve curiosidad por saber cómo era el latiguillo original que se ha traducido por “Es lo que hay”: Es “So it goes”.
*Sucedido
