“Misteriosos grupos de hombres a caballo recorren los caminos de Grecia. Los campesinos los observan con desconfianza desde sus tierras o desde las puertas de sus cabañas. La experiencia les ha enseñado que sólo viaja gente peligrosa: soldados, mercenarios y traficantes de esclavos. Arrugan la frente y gruñen hasta que los ven hundirse otra vez en el horizonte. No les gustan los forasteros armados.”
Así empieza una historia apasionante acerca de… los libros, la escritura, la lectura. Desde la dedicatoria, graciosa, la prosa de Irene Vallejo es directa, precisa y a la vez llena de juegos de palabras e imágenes afortunadas. Con buen ritmo capta la atención ya en el prólogo y no la suelta hasta el epílogo. En medio, una historia de historias, de ideas y de reflexiones en torno a los libros en la antigüedad que se proyecta hasta el presente más rabioso.
La autora emplea una sutil ironía para conectar con el lector, como cuando menciona las sorpresas que ningún analista predice, “al menos antes de que sucedan”. Establecida la complicidad, se lanza a relacionar pasado y presente; el papiro con el pergamino, y hasta la pantalla; a veces mediante la etimología; otras, a través de prácticas comunes como la censura. Irene Vallejo relaciona el paso de la oralidad a la escritura de nuestros antepasados con el cine mudo reciente o con los cuentos y tebeos de los niños (Vallejo los ha leído e incluso los cita!) De su mano nos sumergimos en la vida de Alejandro Magno y en los avatares de Cleopatra y César; en la política, en el teatro; todo desde los libros, ya sea en la biblioteca de Alejandría o con los códices más modernos y hasta con las novelas más actuales, de las que desvela algunos detalles. Una de las más citadas, como por otra parte era de esperar, es El nombre de la rosa, de Umberto Eco.
Para quienes sabemos tan poco del mundo antiguo, es un repaso ameno. Pero para cualquiera creo que El infinito en un junco debe resultar apasionante porque la autora lo es. Por supuesto que decir que la tolerancia tiene conjugación irregular (yo me indigno, tú eres susceptible, él es dogmático) es ingenioso. Que establecer la relación entre los textos y lo textil a través de la trama del relato, el hilo de una historia o el desenlace de una narración, resulta muy sugerente. Pero es la pasión de la autora la que desborda las páginas y llega al lector con palabras bien escogidas hasta embargarle por completo. Al menos al lector que ha compartido con ella la lectura “en el sigilo de la noche, a horas intolerables para los niños, con la linterna encendida bajo la manta, apagándola cada vez que sonaban unos pasos que se acercaban”. A ese lector que se entusiasmó con los tebeos, que comparte lo aburrido de lo políticamente correcto, que prefiere disentir a no sentir, Irene Vallejo le llega al alma y con ella uno aprende a amar aún más si cabe a los libros.
Gracias a esa identificación entre ambos, escritora y lector, a través de los libros libres, El infinito en un junco aún se permite ir más allá adentrándose en cuestiones más íntimas: lo que comenzaba en el mundo clásico acaba en el patio de un colegio de Zaragoza hace sólo unas décadas. Lo que entonces resultaría ñoño o fuera de lugar, y que ahora ya es denunciable sólo gracias a que tenemos la palabra adecuada para nombrarlo, el “acoso”, se hace sencillamente conmovedor cuando la autora intercala en una página la realidad entre sus escritos infantiles.
Una página no hace buenas a otras cuatrocientas cuarenta nueve pero ésa da la medida de hasta dónde alcanza este junco.
*Saber
