Con un lenguaje muy de barrio aunque cuidado, la historia la verdad es arranca interesante. Un joven algo introvertido en un Madrid lleno de gentuza, asquerosos para el autor, que lucha por encontrar trabajo y sobrevivir. Nada nuevo pero bien contado. El Robinsón Crusoe de después está bien mientras piensas que será una etapa más. Pero pierde interés cuando descubres que en realidad es el objeto del libro. Se alarga y extrema cada vez más glosando las virtudes de no lavarse o de comer cardos (borriqueros) y ahí me sobran demasiadas páginas. Luego vuelve a haber novedades pero yo ya había perdido la fe. El personaje llega a la misantropía (o xenofobia, que se entiende mejor aunque no sea exacto) más radical pero a la vez no abandona lo políticamente correcto: sólo está justificado robar a los bancos. Ni siquiera le está permitido matar al malo. Éste muere víctima de su propia maldad…Y entre excesos ideológicos y actuaciones recatadas la verdad es que la novela acaba sin pena ni gloria. Bueno, la declaración final sí me gustó pero en medio hay demasiado que no.
En medio Santiago Lorenzo sí te deja reflexiones que comparto sobre cómo nos complicamos la vida con mil cosas innecesarias y cuánto más feliz se puede ser desprendiéndose de mucho de lo que nos rodea. Aún me gusta más la idea de lo bueno que sería tener un trabajo que pudieras regular exactamente para dedicarle sólo el tiempo que de verdad necesitaras para vivir de él. No es fácil bajarse del tren de vida social pero aún menos si estás jugando a todo o nada: demasiadas veces, renunciar a un trabajo o a un ascenso u oportunidad, es echarlo en falta más adelante. Aquí, o trabajas como un loco aunque te sobre la mitad o te quedas en paro.
*Novela-ensayo
